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jueves, 11 de diciembre de 2014

Pablo Neruda, poemas; Claudio Castillo, pinturas.

 El pueblo

De aquel hombre me acuerdo y no han pasado
sino dos siglos desde que lo vi,
no anduvo ni a caballo ni en carroza:
a puro pie
deshizo
las distancias
y no llevaba espada ni armadura,
sino redes al hombro,
hacha o martillo o pala,
nunca apaleó a ninguno de su especie:
su hazaña fue contra el agua o la tierra,
contra el trigo para que hubiera pan,
contra el árbol gigante para que diera leña,
contra los muros para abrir las puertas,
contra la arena construyendo muros
y contra el mar para hacerlo parir.

Lo conocí y aún no se me borra.

Cayeron en pedazos las carrozas,
la guerra destruyó puertas y muros,
la ciudad fue un puñado de cenizas,
se hicieron polvo todos los vestidos,
y él para mí subsiste,
sobrevive en la arena,
cuando antes parecía
todo imborrable menos él.

En el ir y venir de las familias
a veces fue mi padre o mi pariente
o apenas si era él o si no era
tal vez aquel que no volvió a su casa
porque el agua o la tierra lo tragaron
o lo mató una máquina o un árbol
o fue aquel enlutado carpintero
que iba detrás del ataúd, sin lágrimas,
alguien en fin que no tenía nombre,
que se llamaba metal o madera,
y a quien miraron otros desde arriba
sin ver la hormiga
sino el hormiguero
y que cuando sus pies no se movían,
porque el pobre cansado había muerto,
no vieron nunca que no lo veían:
había ya otros pies en donde estuvo.

Los otros pies eran él mismo,
también las otras manos,
el hombre sucedía:
cuando ya parecía transcurrido
era el mismo de nuevo,
allí estaba otra vez cavando tierra,
cortando tela, pero sin camisa,
allí estaba y no estaba, como entonces,
se había ido y estaba de nuevo,
y como nunca tuvo cementerio,
ni tumba, ni su nombre fue grabado
sobre la piedra que cortó sudando,
nunca sabía nadie que llegaba
y nadie supo cuando se moría,
así es que sólo cuando el pobre pudo
resucitó OTRA VEZ sin ser notado.

Era el hombre sin duda, sin herencia,
sin vaca, sin bandera,
y no se distinguía entre los otros,
los otros que eran él,
desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo,
era amarillo cosechando trigo,
era negro debajo de la mina,
era color de piedra en el castillo,
en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera:
cómo podía nadie distinguirlo
si era el inseparable, el elemento,
tierra, carbón o mar vestido de hombre?

Donde vivió crecía
cuanto el hombre tocaba:
la piedra hostil
quebrada
por sus manos,
se convertía en orden
y una a una formaron
la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos,
movilizó los trenes,
se poblaron de pueblos las distancias,
otros hombres crecieron,
llegaron las abejas,
y porque el hombre crea y multiplica
la primavera caminó al mercado
entre panaderías y palomas.

El padre de los panes fue olvidado,
él que cortó y anduvo, machacando
y abriendo surcos, acarreando arena,
cuando todo existió ya no existía,
él daba su existencia, eso era todo.
Salió a otra PARTE a trabajar, y luego
se fue a morir rodando
como piedra del río:
aguas abajo lo llevó la muerte.

Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

Lo veo en su ataúd y resurrecto .

Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna PARTE,
que suceder así no tiene gloria.
Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.

Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.

Y los que hacen el pan deben comer!

Y deben tener luz los de la mina!

Basta ya de encadenados grises!

Basta de pálidos desaparecidos!

Ni un hombre más que pase sin que reine.

Ni una sola mujer sin su diadema.

Para todas las manos guantes de oro.

Frutas del sol a todos lo oscuros!

Yo conocí a aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve la voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:

"Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida
Tú hiciste lo que es tuyo".

Por eso nadie se moleste cuando
parece que estoy solo y no estoy solo,
no estoy con nadie y hablo para todos:

Alguien me está escuchando y no lo saben
pero aquellos que canto y que lo saben
siguen naciendo y llenarán el mundo.




ODA A UN MILLONARIO MUERTO
Conocí a un millonario.
Era estanciero, rey
de llanuras grises
en donde se perdían
los caballos.

Paseábamos su casa,
sus jardines,
la piscina con una torre blanca
y aguas
como para bañar a una ciudad.
Se sacó los zapatos,
metió los pies
con cierta
severidad sombría
en la piscina verde.

No sé por qué
una a una
fue descartando
todas sus mujeres.
Ellas
bailaban en Europa
o atravesaban rápidas la nieve
en trineo, en Alaska.

S. me contó cómo
cuando niño
vendía diarios
y robaba panes.
Ahora sus periódicos
asaltaban las calles temblorosas,
golpeaban a la gente con noticias
y decían con énfasis
sólo sus opiniones.

Tenía bancos, naves,
pecados y tristezas.

A veces con papel,
pluma, memoria,
se hundía en su DINERO,
contaba,
sumando, dividiendo,
multiplicando cosas,
hasta que se dormía.

Me parece
que el hombre nunca
pudo SALIR de su riqueza
—lo impregnaba,
le daba
aire, color abstracto—,
y él se veía
adentro
como un molusco ciego
rodeado
de un muro impenetrable.

A veces, en sus ojos,
vi un fuego
frío, lejos,
algo desesperado que moría.

Nunca supe si fuimos enemigos.

Murió una noche
cerca de Tucumán.
En la catástrofe
ardió su poderoso Rolls
como cerca del río
el catafalco
de una
religión oscura.

Yo sé
que todos
los muertos son iguales,
pero no sé, no sé,
pienso
que aquel
hombre, a su modo, con la muerte

dejó de ser un pobre prisionero.


Poemas de Pablo Neruda. Pinturas de Claudio Castillo

LA MUERTE

He renacido muchas veces, desde el fondo
de estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo
de las eternidades que poblé con mis manos,
y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra
sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra.

No compré una parcela del cielo que vendían
los sacerdotes, ni acepté tinieblas
que el metafísico manufacturaba
para despreocupados poderosos.

Quiero estar en la muerte con los pobres
que no tuvieron tiempo de estudiarla,
mientras los apaleaban los que tienen
el cielo dividido y arreglado.

Tengo lista mi muerte, como un traje
que me espera, del color que amo,
de la extensión que busqué inútilmente,
de la profundidad que necesito.

Cuando el amor gastó su materia evidente
y la lucha desgrana sus martillos
en otras manos de agregada fuerza,
viene a borrar la muerte las señales
que fueron construyendo tus fronteras.

Pablo Neruda. Claudio Castillo, Técnica Mixta Sobre Paspartu. Artista chileno-argentino.



AL DIFUNTO POBRE 

A nuestro pobre enterraremos hoy: 
a nuestro pobre pobre. 

Tan mal anduvo siempre 
que es la primera vez 
que habita este habitante. 

Porque no tuvo casa, ni terreno, 
ni alfabeto, ni sábanas, 
ni asado, 
y así de un sitio a otro, en los caminos, 
se fue muriendo de no tener vida, 
se fue muriendo poco a poco 
porque esto le duró desde nacer. 

Por suerte, y es extraño, se pusieron de acuerdo 
todos desde el obispo hasta el juez 
para decirle que tendrá cielo 
y ahora muerto, bien muerto nuestro pobre, 
ay nuestro pobre pobre 
no va a saber qué hacer con tanto, cielo. 
Podrá ararlo y sembrarlo y cosecharlo? 

Él lo hizo siempre, duro 
peleó con los terrones, 
y ahora el cielo es suave para ararlo, 
y luego entre los frutos celestiales 
por fin tendrá lo suyo, y en la mesa 
a tanta altura todo está dispuesto 
para que coma cielo a dos carrillos 
nuestro pobre que lleva, por fortuna, 
sesenta años de hambre desde abajo 
para saciarla, al fin, como se debe, 
sin recibir más palos de la vida, 
sin que lo metan preso porque come, 
bien seguro en su caja y bajo tierra 
ya no se mueve para defenderse, 
ya no combatirá por su salario. 
Nunca esperó tanta justicia este hombre, 
de pronto lo han colmado y lo agradece: 
ya se quedó callado de alegría. 

Qué peso tiene ahora el pobre pobre! 
Era de puro hueso y de ojos negros 
y ahora sabemos, por su puro peso, 
ay cuántas cosas le faltaron siempre, 
porque si este vigor anduvo andando, 
cavando eriales, arañando piedras, 
cortando trigo, remojando arcilla, 
moliendo azufre, transportando leña, 
si este hombre tan pesado no tenía 
zapatos, oh dolor, si este hombre entero 
de tendones y músculos no tuvo 
nunca razón y todos le pegaron, 
todos lo demolieron, y aún entonces 
cumplió con sus trabajos, ahora llevándolo 
en su ataúd sobre nosotros, 
ahora sabemos cuánto le faltó 
y no lo defendimos en la tierra. 

Ahora nos damos cuenta que cargamos 
con lo que no le dimos, y ya es tarde: 
nos pesa y no podemos con su peso. 

Cuántas personas pesa nuestro muerto? 

Pesa como este mundo, y continuamos 
llevando a cuestas este muerto. 
Es claro que el cielo es una gran panadería.



LOS NACIMIENTOS 

Nunca recordaremos haber muerto. 

Tanta paciencia 
para ser tuvimos 
anotando 
los números, los días, 
los años y los meses, 
los cabellos, las bocas que besamos, 
y aquel minuto de morir 
lo dejaremos sin anotación: 
se lo damos a otros de recuerdo 
o simplemente al agua, 
al agua, al aire, al tiempo. 
Ni de nacer tampoco 
guardamos la memoria, 
aunque importante y fresco fue ir naciendo; 
y ahora no recuerdas un detalle, 
no has guardado ni un ramo 
de la primera luz. 

Se sabe que nacemos. 

Se sabe que en la sala 
o en el bosque 
o en el tugurio del barrio pesquero 
o en los cañaverales crepitantes 
hay un silencio enteramente extraño, 
un minuto solemne de madera 
y una mujer se dispone a parir. 

Se sabe que nacimos. 

Pero de la profunda sacudida 
de no ser a existir, a tener manos, 
a ver, a tener ojos, 
a comer y llorar y derramarse 
y amar y amar y sufrir y sufrir, 
de aquella transición o escalofrío 
del contenido eléctrico que asume 
un cuerpo más como una copa viva, 
y de aquella mujer deshabitada, 
la madre que allí queda con su sangre 
y su desgarradora plenitud 
y su fin y comienzo, y el desorden 
que turba el pulso, el suelo, las frazadas, 
hasta que todo se recoge y suma 
un nudo más el hilo de la vida, 
nada, no quedó nada en tu memoria 
del mar bravío que elevó una ola 
y derribó del árbol una manzana oscura. 

No tienes más recuerdo que tu vida. 

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