miércoles, 21 de octubre de 2015

La caravana de la muerte del sur de Chile


La caravana de la muerte del sur de Chile
Fue en agosto de 1984. El operativo lo dirigió Álvaro Corbalán y fue “cubierto” por equipos de TVN, que participaron de los montajes relativos a encubrir los homicidios. El caso está próximo a cerrar su etapa de sumario. 
Es mediodía del 23 de agosto de 1984. Por la esquina de Grecia y Nápoles, en el entonces sector de Hualpencillo, Talcahuano (actual comuna de Hualpén), camina inquieto Luciano Aedo, de 31 años, uno de los principales líderes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en la zona. Su nerviosismo se debe a que minutos antes, junto a sus compañeros Nelson Herrera y Mario Lagos, también dirigentes del MIR, se habían percatado de que eran seguidos por agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI). Debido a ello, a la altura de las bentotecas del puerto, se separaron con el fin de despistar a los agentes.
No obstante, el seguimiento no cejó y de este modo la CNI persiguió a Aedo hasta su casa, lugar en el que junto a Carabineros tendió un cerco implacable alrededor de él. Ahí también se encontraba al acecho un equipo de Televisión Nacional de Chile (TVN), listo para “informar” sobre el “enfrentamiento” que se produciría minutos más tarde.
Aedo estaba a solo unos metros de su casa cuando un vehículo frenó violentamente al frente suyo. De él descendió el agente Luis Gálvez, blandiendo un revólver con el que le apuntó y disparó. El perseguido corrió en dirección opuesta, pero uno de los disparos de Gálvez lo hirió, por lo cual Aedo cayó al suelo.
Enseguida aparecieron agentes de todos lados, varios con fusiles en sus brazos. Uno de ellos fue Roberto Farías, quien se acercó a Aedo con un AK-47, para rematarlo en el suelo con una ráfaga por la espalda. En total, le propinó siete disparos, que le perforaron los pulmones y el corazón. Enseguida, los agentes dejaron a su alrededor panfletos con contenido político, dos armas cortas y granadas. Tras ello, TVN comenzó a grabar. Ese fue el inicio de la operación Alfa-Carbón, uno de los procedimientos de exterminio más secretos cometidos por la CNI, encabezado por el inefable Álvaro Corbalán Castilla y que hoy, a 31 años de los hechos, está por fin próximo a ser objeto de una sentencia judicial.
El montaje de TVN.  Salvador Schwartzmann, reconocido periodista de radio Bío Bío en Concepción, trabajaba en la estación cuando unos auditores llamaron para informarle que en Hualpencillo habían matado a una persona.
—Creí que se trataba de un asunto policial, como cualquier otro, así que partí hacia allá. Mientras iba en el móvil me informaron por radio desde la central que el incidente era ‘político’ y eso en la jerga periodística de esos años significaba solo una cosa: la CNI estaba involucrada. Al llegar a la dirección me sorprendió el amplio perímetro que se estableció alrededor del lugar donde mataron a Aedo. Estaba completamente cerrado por Carabineros, imposibilitando el acceso y la salida de cualquier persona, incluidos nosotros, los medios de comunicación —rememora.
El periodista vio el cuerpo de Aedo tendido en el suelo y se percató de que cerca de él había una casa en la que sucedía algo extraño.
—Desde la calle distinguí a un camarógrafo con su equipo, parado en la puerta y en ese momento le pedí ingresar a uno de los carabineros que vigilaba el cerco, argumentando que cómo era posible que estuviese la televisión ahí y no dejaran entrar a otros medios —detalló.
El policía finalmente accedió.
Una vez dentro de la casa, Schwartzmann se encontró cara a cara con Esteban Montero, en aquellos años uno de los rostros de “60 minutos”, el noticiario central de TVN, quien, por cierto, trabajaba en Santiago.
—¿Qué hacís aquí, huevón? —le preguntó Schwartzmann al verlo. Sin explicar por qué estaba en la región del Bío Bío, le respondió algo absurdo.
—Iba por la autopista camino a la Base Naval (Talcahuano) y oí disparos, así que me desvié hacia acá —sostuvo Montero. El lugar donde mataron a Luciano Aedo está ubicado en el interior de Hualpencillo, a más de dos kilómetros en línea recta de la autopista que une Concepción con Talcahuano, desde donde supuestamente el periodista oyó los disparos al interior de un auto en movimiento.
La operación. Alfa-Carbón se comenzó a gestar a principios de 1984 cuando Jorge Mandiola, jefe de la CNI en Concepción, informó a su superior, Marcos Derpich, jefe de las Divisiones Regionales, que existía una estructura subversiva de gran magnitud a cargo del MIR en la zona centro-sur del país. Ante ello, Derpich envió a Joaquín Molina a investigar.
De acuerdo a los antecedentes que constan en el auto de procesamiento dictado en junio de 2014 por el ministro en visita Carlos Aldana, de la Corte de Apelaciones de Concepción, el mayor Molina (que en 1987 fue asesinado por el hijo de Manuel Contreras) emitió un informe en el que confirmó la versión de Mandiola y luego, en una reunión que se realizó en abril de 1984, expuso la situación al director de la CNI, Humberto Gordon; al subdirector, Hugo Salas; a Marcos Derpich y a Álvaro Corbalán. En la ocasión, Gordon determinó que el caso quedaría a cargo de la DAS y se desarrollaría en conjunto con las Brigadas Regionales de Derpich.
En mayo, Corbalán envió a Concepción y Valdivia a agentes de la Brigada Azul (BA), para que estudiaran los pasos de los líderes del MIR. A la BA se sumaron agentes capitalinos de Derpich y los dirigidos por Mandiola en Concepción y por Luis Moraga, jefe de la CNI en Valdivia. De acuerdo al fallo judicial, Derpich dispuso que Héctor Reinoso, jefe del cuartel Chillán, se integrara a su par en Concepción y que el jefe de Puerto Montt, Óscar Bownwald, hiciera lo mismo con Moraga en Valdivia. En total conformaron un grupo de alrededor de 60 agentes, quienes se abocaron a seguir los movimientos de los miristas.
En los primeros días de agosto de 1984, Corbalán decidió trasladar más agentes desde la capital. Incluyó a personal de las Brigadas Amarilla, Café, Ploma y de la Brigada Especial, el grupo más cercano a Corbalán, los que en total sumaron más de cien agentes. Aunque la gran cantidad de personal destinado a los seguimientos buscaba evitar que estos fueran detectados, las maniobras eran tan evidentes que resultaba imposible no verlas, como relata Patricia Zalaquett, viuda de Nelson Herrera, una de las víctimas de la operación Alfa-Carbón.
—Hubo señales claras de acoso. Vivíamos cerca de un cerro y varias veces vimos bajar por su ladera a hombres vestidos con trajes impermeables amarillos, que les cubrían por completo el cuerpo e incluso sus rostros. Cuando salíamos de la casa pasaban camionetas, con hombres que nos quedaban mirando. Siempre fueron las mismas. Quince días antes (de los crímenes) se instaló al lado del paradero de buses un negocio de reparación de calzados. La tienda tenía una ventanilla desde donde se podía vigilar a las personas que esperaban la ‘micro’. Ningún vecino conocía a los que “trabajaban” ahí —detalla Zalaquett, quien agrega que todo ello era tan evidente que días antes de que mataron a su marido, él estaba buscando una casa de seguridad para protegerla a ella junto con Javiera, la hija de ambos, además de a otros militantes del MIR que también se sabía estaban siendo seguidos.
El jueves 16 de agosto, Augusto Pinochet llegó a Chillán para conmemorar aquel fin de semana el natalicio de Bernardo O’Higgins. Durante las conversaciones que sostuvo en ese momento con la prensa, el dictador dio una pista de lo que vendría: “Hemos encontrado extremistas. Estamos encontrando y tenemos huellas. Ahora, muchas veces hay que dejarlos que engorden para poder tomarlos a todos”.
De acuerdo con las declaraciones judiciales de algunos agentes que participaron en Alfa-Carbón, por esos mismos días Álvaro Corbalán, Marcos Derpich, Joaquín Molina y Jorge Mandiola, se reunieron en el cuartel Pedro de Valdivia de la CNI, en Concepción, para coordinar la operación. Según el testimonio del ex agente Sergio Mateluna, el día previo a la ejecución se determinó que “se realizarían diversos allanamientos y detenciones, al margen de todo proceso legal, y que el destino de los detenidos dependía del grado de peligrosidad para el régimen, sin descartar que algunos de estos podrían morir”.
DSCN1950. Cada 23 de agosto, los caídos en la operación Alfa-Carbón son recordados con un acto que se efectúa al frente de la Vega Monumental de Concepción.
Los crímenes de la Vega Monumental. Después de que Luciano Aedo se trasladara a su casa, Mario Lagos y Nelson Herrera se quedaron en uno de los restaurantes de las bentotecas, vigilados desde afuera por un total de 30 a 35 agentes. Tras salir del lugar, abordaron un microbús Las Bahías con dirección a Concepción. Seis automóviles de la CNI se alternaron en el seguimiento del taxibús, con el fin de no levantar sospechas. Uno de los agentes propuso una idea para interceptar la micro y evitar que los miristas llegasen al centro de Concepción: inventar que el taxibús había sido secuestrado por los miristas, de manera que en la prensa las muertes aparecieran como una consecuencia de un enfrentamiento entre los servicios de inteligencia y los terroristas. No obstante, Pedro Aguayo, el chofer del bus, afirmó judicialmente en diciembre de 1984, que ni Mario Lagos ni Nelson Herrera lo habían secuestrado o tomado como rehenes a los 25 pasajeros que iban a bordo.
Alrededor de las 16 hrs. el bus pasó por el sector de la Vega Monumental de Concepción, donde las Fuerzas Especiales de Carabineros y la CNI lo estaban esperando, para lo cual habían delimitado un perímetro, que despejaron de transeúntes.
Con el taxibús ya detenido por Carabineros, el agente de la Brigada Especial, Jorge Vargas, hablando por medio de un megáfono, ordenó a los “secuestradores” que se rindieran. Asimismo, pidió a los pasajeros que descendieran de la micro, pero nadie se movió ante el temor de ser acribillados. Como nadie se bajó, Carabineros disparó bombas lacrimógenas hacia el interior del vehículo.
Ante ello los pasajeros abandonaron el bus y también lo hicieron en forma pacífica Lagos y Herrera y, a pesar de ello, los agentes abrieron fuego en su contra con fusiles AK-47, a una distancia no mayor a cinco metros. Mario Lagos murió al instante, por un disparo en el tórax que –según se constata en el auto de procesamiento– percutó el agente Manuel Morales. La autopsia posterior confirmó que tenía sus brazos en alto cuando le dispararon, ya que una de las balas entró al cuerpo por la axila izquierda.
Herrera, en tanto, corrió hacia la vereda en un intento desesperado por escapar, pero cayó herido por una bala que le rozó la cabeza. Los agentes lo atraparon y lo subieron a un taxi, gritando a viva voz que el detenido estaba herido y que lo iban a llevar al hospital. Todo esto ocurrió a plena luz del día, a vista y paciencia de más de 400 testigos que abarrotaban ese concurrido sector.
El auto se alejó del lugar por avenida 21 de Mayo, en dirección a Concepción, pero no se dirigió al hospital, sino que cruzó el río Bío Bío por el antiguo “Puente Viejo” y dobló hacia el camino a Santa Juana. En un sitio eriazo ubicado frente al sector Idahue, bajaron a Herrera, lo arrojaron al suelo y el agente Luis Andaur, de acuerdo a lo determinado por el ministro en visita, lo ejecutó en el lugar con un disparo en la frente.
"Cuando abrí se abalanzaron sobre mí y me tiraron al piso. Me amarraron y me patearon hasta que se aburrieron. Destruyeron mi casa, se metieron a las piezas y cuando vieron la de la javierita, una mujer se dirigió hacia mí y me amenazó al decirme: 'Tenís bonita la pieza de tu hija, huevona. ¿A qué hora va a llegar?'", relata Patricia Zalaquett.
A la hora de almuerzo, Patricia Zalaquett, viuda de Nelson Herrera, se encontraba en su casa ubicada en el sector El Recodo, en Concepción, muy cerca del sitio donde finalmente ejecutaron a su marido, cuando oyó noticias radiales que relataban “enfrentamientos” entre equipos de seguridad y “terroristas” en Hualpencillo.
—Inmediatamente supuse que algo andaba mal. Con Nelson acordamos que cuando algo así sucediera, yo debía quemar todo lo que nos pudiera comprometer —precisa.
Reunió panfletos, fotografías y documentos que los vinculaban con alguna actividad política prohibida por la dictadura y los quemó en la estufa de su casa.
Luego, abrió la puerta de su hogar para arrancar y se detuvo frente a ella un taxi desde el que descendieron varios agentes. Cerró con un portazo y regresó al interior, desde donde sintió llegar más autos. Fueron entre diez y quince personas: hombres y mujeres que a patadas en la puerta le gritaron que los dejaran entrar.
—Cuando abrí se abalanzaron sobre mí y me tiraron al piso. Me amarraron y me patearon hasta que se aburrieron. Destruyeron mi casa, se metieron a las piezas y cuando vieron la de la Javierita, una mujer se dirigió hacia mí y me amenazó al decirme: “Tenís bonita la pieza de tu hija, huevona. ¿A qué hora va a llegar?"
La pregunta no era baladí. El furgón escolar con la niña estaba a punto de llegar y seguramente los agentes de la CNI lo sabían. Desesperada por ello, fue encerrada en el baño, lugar donde se agudizó la tortura.
—Entre lo poco que fui capaz de distinguir, reconocí la voz del periodista Esteban Montero dentro de mi casa. Comenzó a “informar” sobre lo que estaba sucediendo. Dijo que la agencia de inteligencia había encontrado elementos de guerra, como armas, granadas y otras cosas. Con Nelson jamás tuvimos eso. Deduzco que lo hizo frente a la cámara, porque eso fue lo que apareció después en televisión —recuerda.
Zalaquett estuvo retenida en su hogar durante toda la tarde del 23 de agosto. Al anochecer le vendaron los ojos y la subieron a un auto, en el que la trasladaron hacia el cuartel Pedro de Valdivia. Pasó la noche amarrada a una escalera. Estando ahí logró identificar a otros militantes del MIR a los que también habían detenido. Durante la mañana siguiente la sacaron a ciegas del lugar y la trasladaron hasta una avioneta con destino a Santiago. Estuvo prisionera cinco días en el cuartel Borgoño.
—Fueron momentos horrorosos. El último día se acercó a mí un hombre que me obligó a firmar una declaración. En las condiciones en las que estaba no leí de qué se trataba y accedí. Recuerdo que la voz del que me habló se asemeja mucho a la de Corbalán. Después me sacaron con los ojos vendados y las manos amarradas desde el subterráneo del cuartel y me subieron a un auto en el que me llevaron de vuelta a Concepción —relata.
Patricia Zalaquett estuvo detenida e incomunicada una semana en la cárcel de mujeres de Concepción y luego cumplió una condena por asociación ilícita de un año en la cárcel de Coronel. Cuando salió en libertad fue a buscar a su hija y se fueron a vivir a Argentina. Regresaron definitivamente a Chile en 1989.
La caravana del sur. Durante la tarde de ese 23 de agosto, Krantz Bauer, jefe de la Brigada Plomo, esperaba la orden de Corbalán para actuar. La llamada la recibió mientras se encontraba en el regimiento de Los Ángeles. Luego de ella, Bauer ordenó a sus agentes que se trasladaran con sus equipos a la vivienda de Mario Mujica, también integrante del MIR, ubicada en la población Orompello. Tras esperar que la esposa de Mujica saliera de la casa, una quincena de miembros de la CNI la rodeó. Pese a que gritaron a Mujica que saliera, uno de los hombres de Bauer destruyó la chapa de la puerta a tiros. Ingresaron  y redujeron a Mujica, lo pusieron en cuclillas y lo ejecutaron con un disparo en el cuello, que le atravesó la tráquea.
De acuerdo con la investigación judicial, horas antes, también al mediodía, la CNI detenía en el centro de Valdivia a Rogelio Tapia y a Raúl Barrientos, ambos dirigentes del MIR. Fueron amarrados, amordazados, les vendaron sus ojos y los llevaron camino a Niebla, específicamente al puente Estancilla. En aquel lugar Carabineros cortó el tránsito en ambas direcciones, los bajaron de los autos y luego de ello fueron ejecutados por Patricio Castro (subjefe de la DAS), Luis Moraga (el jefe de la CNI en Valdivia), Luis Torres y Gerardo Meza, tras lo cual les pusieron armas en sus manos para simular un enfrentamiento.

Al día siguiente, alrededor de las 15 hrs., los equipos comandados por Castro llegaron a la casa del jefe regional del MIR en Valdivia, Juan Boncompte, ubicada en la población Teniente Merino. Cuatro agentes golpearon la puerta principal, mientras otros veinte vigilaban los alrededores. La esposa del mirista les abrió y la redujeron de inmediato y comenzaron a disparar hacia el interior de la vivienda. Boncompte trató de escapar por una ventana de la cocina, momento en el cual Óscar Boehmwald lo hirió de un balazo, tras lo cual Boncompte cae y la agente Ema Ceballos lo remató en el suelo, con un tiro en la cabeza.
El caso en la justicia. Tras el sometimiento a proceso (como autores de asociación ilícita y homicidio calificado) de Corbalán y Derpich, entre otros, los familiares de las víctimas solicitaron ampliar el auto de procesamiento para 26 agentes más, entre los que destacan Hugo Salas, Jorge Andrade, Aquiles González, Hugo Hetchenleitner y Ángel Parra, todos por asociación ilícita criminal y homicidio calificado.
Sin embargo, el actual presidente de la Corte de Apelaciones de Concepción, quien lleva la causa desde 2008, Carlos Aldana, estimó que “no existen elementos de juicio suficientes que configuren presunciones fundadas para estimar que a los imputados y querellados les haya cabido participación de autor, cómplice o encubridor en los delitos que se les atribuyen”, por lo que negó dichos procesamientos.
Actualmente, el sumario de la investigación continúa abierto a la espera de las últimas diligencias, que solicitó la defensa de Jorge Mandiola. Según Magdalena Garcés, abogada de las víctimas y familiares de los asesinados en Alfa Carbón, “la estrategia de Mandiola ha sido señalar que el operativo fue responsabilidad de Corbalán y de las personas que estuvieron bajo su cargo en la CNI en Concepción nada tuvieron ver, lo que se ha demostrado que es falso, ya que fue un operativo conjunto. Esa situación es la que tiene trabado el proceso”, aseguró, aunque en esferas judiciales se estima que el sumario está próximo a su cierre, por lo cual las primera sentencias podrían comenzar a dictarse hacia marzo del próximo año.  

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