sábado, 12 de diciembre de 2015

"Liceo de niñas": ¿Dónde subyace la derrota política de nuestra generación?


Crítica teatral de "Liceo de niñas": 
La base central de esta pieza dirigida por Marcelo Leonart y escrita por Nona Fernández, es la de un liceo de niñas, donde un profesor y algunas estudiantes permanecen encerrados por una toma, recuerdan allí, dada la contingencia, otras movilizaciones, marchas, mitines, tomas, etc y, claro, la muerte de un compañero. Viven esta historia como lo que son, personas que no están preparadas para ello, porque, ¿en qué clase de país (¡y nos admiramos de África y Oriente!) un niño de catorce o quince debe estar en la calle protestando? Y quienes lo hicimos, sabemos que entonces da más miedo que tu mamá te pegue en la casa a lo que pueda sucederte si te agarran.
¿Dónde subyace la derrota política de nuestra generación?

Y, sobre todo, esa derrota ¿en qué consiste exactamente?

No creo que pueda ser objetivo en la crítica de una obra en la que aparece, en la primera escena, un estudiante del Liceo de Aplicación. Por otro lado, no creo que yo, ni ningún crítico, pueda ser nada parecido a “objetivo”.

Es que la historia -o parte de la historia de Liceo de niñas- trata de un estudiante de fines de los ochenta, técnicamente inicios de los noventa, un estudiante que es Ariel Antonioletti, pero también de tantos otros mártires de la dictadura de Pinochet y, por extensión de otras tantas en América y el mundo, de similares características.

Es una historia ampliamente divulgada, una historia que se instala en la memoria del Chile de la transición (¿debería decir transacción?) o al menos en alguna memoria de esa época.

¿Dónde subyace la derrota política de nuestra generación?

Esta pareciera ser una posible premisa con la que trabaja la obra Liceo de Niñas dirigida por Marcelo Leonart y escrita por Nona Fernández.

La base central de la historia es la de un liceo de niñas, donde un profesor y algunas estudiantes permanecen encerrados por una toma, recuerdan allí, dada la contingencia, otras movilizaciones, marchas, mitines, tomas, etc y, claro, la muerte de un compañero. Viven esta historia como lo que son, personas que no están preparadas para ello, porque, ¿en qué clase de país (¡y nos admiramos de África y Oriente!) un niño de catorce o quince debe estar en la calle protestando? Y quienes lo hicimos, sabemos que entonces da más miedo que tu mamá te pegue en la casa a lo que pueda sucederte si te agarran.

O eso crees.

Así, con personajes creíbles, que muy probablemente tienen que ver con su propia biografía, Nona Fernández organiza un texto que habla de quiénes éramos y, como todo ejercicio de memoria, habla de quienes somos hoy; porque sus personajes son tontos y dulces, inútiles y valientes, incapaces de ver la realidad, porque están demasiado ocupados en construir una realidad alternativa.

Fernández escribe diálogos veloces, certeros, que incluso cuando narran, cimientan una realidad y sostienen un ritmo cautivante al oído atento.

El texto, de esta manera, expone cómo se complotaba sin celular y sin facebook, pero también la fiera circunstancia de una generación que no tuvo grandes épicas, sino de rebote, y que debió conformarse con (luchar primero e) imaginar un mundo mejor para después.

¿Dónde subyace la derrota política de nuestra generación?

En nuestros abuelos simbólicos que no supieron ver que Chile era un país tan bananero como todos y que la muñeca política no daba contra las transnacionales. En nosotros, por ignorantes, tratando de ser tan “progre” como nos sea posible, sin darnos cuenta que “progre” a menudo es sinónimo de posmoderno y tardo capitalista disfrazado de zurdo. Nuestro interés en los márgenes y en el descentramiento, puede también ser el interés de quienes pretenden que no hay grandes relatos, lo que como ya dije la semana pasada, es el modo perfecto de no mirarle la cara al capitalismo.

Marcelo Leonart, en tanto director, logra hacer brillar ese texto de manera inteligente y sólida. Escénicamente la obra es dinámica y suceden una serie de eventos y situaciones que permiten permanecer atento a las acciones y al desarrollo de la intriga. El montaje es (para Chile) largo, dura dos horas y es posible que la misma historia pueda contarse en una y media, pero la propuesta es esa, creo yo: dar espacio a una historia, donde, por lo demás, todo en la obra, bajo la dirección de Leonart, cobra significado, los cuerpos, las intenciones, los discursos, todo construye una organización de la escena de tal modo que nada aparece gratuito, ni siquiera el momento más surrealista (y bello) de la obra, con ese Yuri Gagarin mítico y ultraterreno que viene, como una suerte de fantasmagoría, a recordarnos que la tierra es azul y, tal vez, esa haya sido una, al menos una de nuestras grandes derrotas, olvidarnos de esas fantasmagorías.

¿Dónde subyace la derrota política de nuestra generación?
Tal vez en que nunca obligamos a nuestros padres simbólicos (y-no-tan-simbólicos) a pasar la vergüenza de decir que también fueron cómplices, que se callaron, que permitieron y, si entonces tenían miedo, después, cuando ya no había necesidad, no tuvieron la voluntad política de hacer, por ejemplo, justicia, así, no debe extrañar que nosotros, sus hijos, pongamos furiosos en facebook, twitter y todas las redes sociales lo ignominioso que resultan las (múltiples) colusiones y robos de traje y corbata, pero que sigan saliendo los mismos candidatos una y otra vez y que, cuando salen, nos les exijamos cambios radicales. El viaje al pasado de la obra, entonces, es una reflexión de nuestro presente y este efecto se logra bien, porque las actuaciones están en un muy buen nivel general.

La propia Nona Fernández desarrolla un personaje que se sostiene sobre todo en su corporalidad y al que saca particular partido al dar cuenta de gestos, miradas y movimientos trabajados con energía y precisión, de modo que sostiene en escena una presencia que siempre está comunicando. Carmina Riego, por su parte, es una actriz que da soporte a las acciones generales, un trabajo complejo, en tanto debe mantener el universo creado para que otros puedan desarrollar sus discursos, aún así, se las arregla para dar sentido, profundidad y emotividad a su personaje. Roxana Naranjo desarrolla un personaje solido y competente, con una actuación bien organizada en virtud del total de la obra.

Pancho Medina, como suele hacerlo, instala un personaje que cohesiona cuerpo, voz e intenciones dramáticas tanto con rigurosidad como con juego, a ratos lúdico, a ratos dramático y a ratos en esa ambigüedad de sentimientos que caracteriza a ciertos personajes, Medina construye su rol de profesor con excelencia. Por su parte, Juan Pablo Fuentes, hace un trabajo de esa misma envergadura. En muchos otros actores, su estilo quedaría marcado por un dejo de sobreactuación o exceso de teatralidad, sin embargo, Fuentes desarrolla un personaje memorable, lleno de furia, de dolor y al mismo tiempo lleno de pasión por la vida, a momentos perverso y en otros momentos pendiendo de un hilo entre la ingenuidad y la ternura, también es capaz de llevar su actuación hasta espacios otros (literalmente) y mostrarnos ámbitos surrealistas en su trabajo.

El diseño a cargo de Catalina Devia es pertinente, bien integrado al texto y a las actuaciones, un diseño que comunica mundos posibles y estéticas que determinan a dichos mundos, tal como el vestuario que produce. Devia, este año ha hecho una serie de trabajos remarcables y este es una muestra más de sus capacidades. Desde el mismo lugar, Andrés Poirot en ese trabajo a menudo silencioso (pero trascendente en escena) que es la iluminación, genera las atmósferas precisas, a veces sutiles a veces explosivas, para darle peso al conjunto de la propuesta.

Así, entonces -y Liceo de Niñas de por medio- no deja de retornar la pregunta.

¿Cuál fue la derrota política de nuestra generación?
Tal vez que nos creyéramos el cuento de que el sistema es absoluto y todopoderoso, que los movimientos políticos masivos, centralizados y productivos no solo fracasaron, sino que dejaron de ser necesarios, tal vez, sencillamente que permitimos que hablar de cosas como clases sociales, revoluciones, bases económicas y superestructuras culturales se convirtiera en discursos de museo

No hay comentarios:

Publicar un comentario


Seguidores

Archivo del blog