martes, 15 de diciembre de 2015

Pisagua en los tiempos de Pinochet. Héctor Taberna Gallegos.

Pisagua en lostiempos de Pinochet

Héctor Taberna Gallegos.

Los días previos
Singulares y chapoteados recuerdos harán de éstos, una corta –pero, incompleta-­‐, inalienable –pero, pero insatisfecha-­‐ historia; más, por eso pido perdón. Mitigarán toda una época negra, de negros recuerdos. Recordarán esa historia que hoy por hoy muchos no quisieran recordar. Y será ésta, como una historia porfiada y forzada, en rebeldía ante la magnanimidad de la no recordancia de estos muchos. La historia se debe recordar porque es historia marcada, o si no, dejaría de ser historia. Una historia por muy dolorosa y caprichosa que haya sido debe ser consecuentemente recordada. Recordada sin temores, como fiel testimonio de vivencias personificadas, como acerados látigos encarnándose en aquellos laberínticos recuerdos de aquellos que hoy por hoy quisieran olvidar… y, siento algo así como un zumbido prolongado. Intento ver, pero sin embargo, retrocedo. Y en ese mismo instante, una bomba lagrimógena estalla, golpeando el vértice de la graznida cornisa. Estábamos sitiados por Carabineros de ¿Chile?

Yo estaba perfectamente apostado tras una de las tantas ventanas que daban al segundo piso del Partido Socialista de Chile, ubicada a espaldas del melifluo Teatro Municipal, por calle Gorostiaga. Todo sucedía de manera alocada y rápida. Las piezas  estaban atiborradas, abarrotadas por ese expelido y lacerante gas. Compañeros y compañeras cubrían sus rostros con pañuelos, con pañoletas en son de protección. Las figuras de Elmo Catalán, el Che, del Mazo –símbolo más que pétrico del Partido-­‐ se constreñían por entre las paredes. Las órdenes emanadas por las directrices no se hicieron esperar: “… a replegarse, ubicarse. Podemos ser allanados…”.

Reflejados en tal asombro de allanatitud ad-­‐portas, quise recoger no se qué de ese escabullante piso para ser lanzado a quienes tan premeditadamente lanzan bombas hacia unos graznidos vértices, hacia unas dilapidadas cornisas. Al verme Freddy –mi hermano-­‐ me enrostra tal proceder enfrente de y, enfrentándome a todos los allí reunidos. La iracundia confrontada a mi frenética cordura o confrontada a mi flemática incordura, se debate y contesta por si sola. “¿Tenemos derecho a una legítima defensa, o no?”. Expulso, entonces, no se que –eso que pude haber tomado minutos ha-­‐, liberando mis manos para ir posteriormente a tomar posición a un lugar muy cercano al teatro, a ese invertebrado techo del Partido.

Paulatinamente, comenzaron a congelarse los ánimos, llegando sobria y calmadamente la calma. Se da inicio a las protocolares conversaciones de protocolo entre los representantes del gobierno legalmente constituido y soberanamente elegido, con las fuerzas   más   representativas   de   la   oscuridad   y   del   oscurantismo.   De   dichas       



protocolizaciones se revierte el extempóreo ataque, en una retirada con treguas  fraguadas por esas verdes antorchas que encienden para sí, el hito de la malignidad, de la desfloración y del asedio. Dicha tregua treguada revela tras su paso, revela la huella de sus acciones en aquellos hinchados ojos; en aquellos llorosos ojos; en aquellos, aun, como carcomidos, de los estoicos militantes. Esa noche también, como una manera muy seria y semental tuvieron que efectuarse, los casi míticos turnos de vigilancia para salvaguardar imagen y fachada de nuestra casa política. Era recién el día 9 de septiembre.


El 11 de Septiembre y los días siguientes.

Los días posteriores al golpe de Estado, los viví con una familia amiga, extremadamente amiga, aquella la que me brindó su apoyo, todo su apoyo en ese tratar de trance. Mientras se estaba haciendo efecto el toque de queda, mientras reposábamos el horario de las onces; mientras escuchábamos las noticias y, mientras algunas genuflexiones rondaban por ahí, comienzan los inalterados radios receptores a difundir el bando por el cual se obligaba a los personeros de la Unidad Popular entregarse o presentarse en el Cuartel de la VI División de Ejército. La lista era encabezada por Freddy –de hecho siempre fue así-­‐ siempre encabezó la lista de los personeros. La lista de los que por causa y consecuencia de unas bien llevadas convicciones, tendrían que pagar cara su osadía. La osadía de defender las posiciones y los derechos de los más necesitados y marginados de la sociedad. Sociedad que estaba siendo extirpada de sus privilegios más viles y pecaminosos, en esos hombriles-­‐viriles momentos de audacia política; cruciales, para la enajenante historia política chilena, vivificadas, por el Gobierno de la Unidad Popular.

Esta lista acopiadora, esta lista con los nombres más típicos y representativos de este inusual proceso chileno, que aquí en esta larga faja de aguas y de algas, de arenas y de bosques, de piedras y de almendros se testimoniaba, era transmitida continuamente. Posteriormente vendría una con 24 nombres más. Recuerdo al del abogado Julio Cabezas Gacitúa; Juan Antonio Ruz; Luis Morales Merino; Nelson González; Oscar Pavelic  Sanhueza; y, entre ellos el mío: Héctor Taberna Gallegos.

Mayúscula fue la sorpresa de escucharme en ella, toda vez que mis responsabilidades políticas latían en unas salidas a mitines, en unas salidas a pegatinas, en unas salidas a rayados, y nada más. Toda vez, que lo anteriormente expuesto, estaba más ligado a la vida rutinaria de un modelo rústico de convivencia en época de fenecer; que estaba íntimamente ligado a la otra, que floreciente aun, nacía. Es decir, se estaba viviendo el ocaso de un modelo de democracia burguesa; se estaba viviendo el verdadero despertar de una democracia más que superficial; popular, con sabor a restauración de derechos perdidos.

Honesta y patrióticamente que lo mío podría haberse tratado de un chantaje político, en lo imposible; puesto que, de no prosperar la virtual –según ellos-­‐ entrega de Freddy o su inmediata detención, se me tendría como un modo de coacción, como una manera nada



difícil de presionar su posible entrega. Amén que a esas alturas ya estaba también detenida Jinny, su esposa; Jinny, mi cuñada. Por eso pienso que patriótica y honestamente lo mío pudo haberse tratado de un artero chantaje político. Así lo creo, así lo he creído, así lo creeré luego de racionalizarlo muy bien. De otra manera, no se explica mi estúpida e inútil detención.

La señora Alicia, dueña de la casa, madre de mis queridos amigos, me aconseja: “…Entréguese Pichoncito, mejor será…”. “Podemos tener problemas con su presencia…”. Lógico sentimiento de protección familiar. Máxime que en forma previa y reiterada a la lectura de bandos, se decía y se proclamaba que: “…Todas aquellas personas que den refugio o alberguen a los buscados, serán puestos a disposición de los tribunales militares por desacato a las ordenanzas establecidas…”. Legítimo temor, valedera razón, aunque lo haya dicho entre medrosa y medio asustada. Como medio medrosa y medio asustada se encontraba también mi madre. Quien mediante recado verbal, me dice: “…Entrégate, Tito… Anda a presentarte, no vaya a ser cosa que…”, dando por argumento, el hecho que yo nada malo había protagonizado, que no fuera el de haber simpatizado con un partido político determinado.

Así, lo hice. Temprano salí ese día. Fui a casa. Cambiéme de ropa. Besé a mi madre y despedíme de los míos. Vestía vestón cuadrillé; camisa manga larga, de riguroso color negro; pantalones claros, clarísimos y, bototos de bien hilvanada seguridad, regalo de mi tío Vicente. Estos plantígrados de cuero y acero, fueron como un regalo caído del Hades o de Nirvana, puesto que se comportaron excelentemente bien conmigo, ya que me salvaron de unas cuantas en el Campo de Concentración de Pisagua.

En la calle, ya camino a mi encarecido destino, me encontraba con amigos que sabían ya de mi situación; que habían escuchado el huracanado bando. Me pregunto. ¿Quién no, si era obligación escuchar la voz oficial de la dictadura en ciernes?, patentizada, por las radios emisoras locales. Aquellas que fueron y son instrumentos de la genocitura aún no terminada. Aquellas que materializaban esa impostación cómplice del locutor, aquel, que leía con sumo agrado y con sincera felicidad el inocultable carácter clasista de esas listas que: “…Tan solo a ocho meses estaban siendo pre-­‐establecidas, pre-­‐fijadas, estructuradas. Cuando por precedencia, se estaba gestando el pronunciamiento militar…”, palabras cruciales y altaneras del mismo general Pinochet.
Mis amigos me deseaban toda clase de suerte, decían:

-­‐ Solo son rutinas… ¡Rutinas!, como si ellos ya hubiesen vivido los momentos que experimentaba yo en esos instantes… Muchos especulaban… Muchos maldecían… Muchos también solidarizaban.
-­‐    Ándate tranquilo…
-­‐    Buena suerte…
-­‐    Que nervioso vas…



Fuera de la VI División de Ejército se encontraba reunida una gran cantidad de personas mirando quienes iban al comparecimiento. Quienes entraban. Quienes salían. Quienes no acudían. Quienes no salían. Por lo pronto, mimetíceme entre la gente allí reunida, como deseando inconscientemente saber de qué se trataba todo aquello; como queriendo desear que un rayo de inspiración me alumbrara la existencia, me iluminara esa ebullición que bullía a lo largo y ancho de mi querido y desvencijado Chile. Y como nada anormal sucedía –que no fuera de otro mundo-­‐, nada anormal acontecía, decidíme y presénteme; entrégueme, al cabo de guardia…

-­‐ Buenos días, mi cabo… Soy Héctor Taberna Gallegos… Me han llamado por bando y vengo a presentarme.
-­‐      Su carné… Lo busqué y no lo tenía.
-­‐      No lo tengo, mi cabo.
-­‐ Debe andar trayendo sus documentos joven… Para el caso, a quién le importarían unos documentos, cuando de allí hacia adelante, se perdería irremediablemente la libertad.

Me conduce donde un oficial y me hacen esperar en una sala. En ese sitio veo a más detenidos. Estaban silenciosos, cabizbajos, ordenados de uno en uno hasta llegar a nueve; mirando la insultante pared de la pretoriana guarnición. No conozco a nadie de los requeridos. Todos esos rostros eran desconocidos para mí. No los dejaban sentarse por ningún motivo. No nos dejaron sentarnos por nada del mundo. Al rato aparece Juan Antonio Ruz. A hurtadillas nos saludamos. Traen a Haroldo Quinteros. El, que siempre usó lentes, viene sin lentes: él, que siempre uso barba, viene sin barba. Lo han detenido fortuitamente, al decir de su propia confesión:

-­‐ Me sorprendió una patrulla militar, aquí cerca del Cuartel  General…  Me  han  exigido detenerme y así lo hice… Me obligaron a mostrarles mi carné de identidad  y se los mostré. Luego, me comparan con una lista que ellos andaban trayendo y… aquí estoy… y, efectivamente en esa lista estaba él, era uno de los más buscado junto a Freddy. Fue un hecho más bien accidental que de trascendental laboriosidad, llena de sagacidad, su detención… Con posterioridad llegaría el abogado don Julio Cabezas Gacitúa, portando una pequeña bolsa de nylon con anillas de alambre galvanizado, que le hacía las veces de neceser. En esta bolsa traía ropas y útiles de aseo personales. En sus manos, un sobre de tamaño mediano, con un recurso de amparo en su interior. Se mostraba infinitamente inquieto, errabundo. El sí, que sabía, que intuía más bien, de que se trataba esa maraña que estaba siendo tejida por manos militares.

De esta peculiar forma de asentir las cosas, es como se nos vienen los minutos encima, es como transcurren las horas vencidas ya por el inexorable tiempo. Y siguen llegando más y más compañeros. Unos detenidos. Otros voluntarios. A eso de las 11:30 horas se escuchaban atronadores gritos, infatigables voces. Hacía su entrada en gloria y majestad, al reino, a su palacio real, él, el General, el Virrey de la naciente república, señor Carlos



Forestier Haegnsgen. Sus peroratas se escuchaban por doquier. Se dirige a donde estábamos de pie, a ese lugar de las insultantes paredes, al monasterio de la guarnición heroica, de las fulgurantes e inevitables sombras de la felonía subsidiada para latigarnos con unas inciertas e inexplicables invocaciones al buen sentido de la civilidad ya castamente deshonrada y, finalizar con un:

-­‐    ¡A partir de estos momentos deben considerarse prisioneros de guerra!.

Es bajo estas degradantes circunstancias que don Julio Cabezas Gacitúa intenta un  ademán de hacerle comprender el beneficio del sobre jurídico que portaba, ese sobre de tamaño mediano con un recurso de amparo en su interior. Forestier estalla encolerizado, en incendiadas constelaciones:

-­‐ ¡Esos procederes debe guardárselos para otras ocasiones!... ¡Ahora está a disposición de la Justicia Militar, bajo la tutela de una justicia de guerra…!. ¡Yo no acepto esos oficios contaminados de la Justicia Ordinaria… Me oyó bien su…!.

Pienso, que don Julio Cabezas Gacitúa en este breve, pero selvático lapso de guarismos empostillados, comprendió a lo que tendría que enfrentarse en el futuro. Acentuóse mucho más su nerviosismo. Acentuóse su inmaculada incertidumbre, dada su eminencia y excelencia de excelente abogado, por esa calidad de saber en el acto, el latente peligro que se avecinaba. El comprendía ya, muchas cosas, que nosotros o algunos, por  inmadurez política o por falta de información, ignorábamos. Él sabía, que estaba de lleno y en pleno, entregado a la complacencia de una guerra hipócritamente mal declarada. Sometido al arbitrio conjurado de una declaración de guerra; de una catadura, firmada solo por “manu militari”, solo por “manu engrifari de metralletus”.

-­‐ “Más vale ignorar que saber” …, eso lo aprendí viendo a don Julio Cabezas Gacitúa tomarse con sus dos manos –una nívea y la otra alba-­‐ el cielo de su alborada cabeza. Frotando angustiosamente sus letrados lentes conjeturales, en el fragor de su cándida chaleca de lana, después.

El cuartel de la VI División de Ejército, fue un centro de reclusión momentánea. Más bien, de sala de estar, valga el término para refrendar esas vicisitudes pecaminosas. El  preguntar datos personales. El de confeccionar las fichas identificatorias de los prisioneros, fue su revolucionaria misión; pero, en ningún caso un centro de interrogatorios mortales de interrogamientos salpicados de artimañas y de estocadas, por lo menos, hasta cuando estuve allí detenido por impropia voluntad. Solamente se caratulizaron unas acusaciones poco serias. Como las de un enano maldito que pretendía envenenar el agua de la ciudad y que esperaba vaciar cantidades invulnerables de bencina por las señoriales alcantarillas locales, para Neronear por debajo al neo Iquique  dictatorial. En su oportunidad, supimos que el tal Enano Maldito en cuestión, era el Compañero Marcelo Guzmán Fuentes, correcto funcionario del Hospital Regional. Pero las acusaciones carecían de veracidad, por cuanto, fue más humano y solidario que un pan



rebanado en miles de ticket, para ser repartidos entre miles de rebanadas bocas. Esa es, en suma, la actitud sentida, la actitud ínfima a la impresión recibida en ese bastión militar. Apresuradamente llega un camión tremendamente ermitaño, tremendamente camuflado de místicidad errante, para llevarnos luego, al Regimiento Telecomunicaciones, institución a la cual pertenecía ese labriego terraplén de delirios infantiles. Este cerril regimiento cumpliría las veces de “Oficina de Recepción”, a los cientos de prisioneros políticos. Se convertía según pasaban los días, en un inexpugnable lugar de amedrentamiento –tanto moral como físico-­‐ aquellos que pisaban por tan primera vez esas arenosas arterias revestidas de porotadas y chicharrones, como fue el caso también de aquellos jóvenes socialistas traídos desde la oficina Victoria acusados de sabotaje a la “Casa de Fuerza”. Como también lo fue para el profesor de la mencionada oficina salitrera, acusado de dinamitar -­‐intentar, por lo mínimo-­‐ la distante escuela en donde él las  activaba  de  director. Bacián, creo que era su apellido. Maldonado, Carmona, Cautín el de tres de los cinco jóvenes insertados a esa región salinatronada de salitre, tres de los cinco apellidos socialistas acusados de saboteadores. Llegaron de noche. Y de noche fueron y eran telecomunicacionalmente torturados. Eran cinco jóvenes y un profesor. La juventud y la experiencia unidas a un mismo dolor. Al dolor que engendran la vesanía y la ceguedad. El absurdo y lo ilógico. Lo irrazonable y lo disparatado. De lo aberrantemente sistemático  que se puede convertir el hombre a veces, cuando materializa con manos propias preceptos ajenos. Fueron noches de terror. Calcinadamente de terror tanto para ellos como para nosotros. Para ellos, que las sufrían en carne propia. Para nosotros, que escuchábamos sus gritos de desesperación y de destemplanzas. Juventud y experiencia unidas a un mismo temor, a un mismo sinsabor: a estos redobleces del odio y de la traición.

De día también se torturaba, pero se torturaba en lejanía, con lejanía. En lugares donde  los ¡ayes! No se sometían con tanta facilidad y con tanta liviandad a nuestros orfandos oídos. Era una sesión de tortura con más apego a la civilidad a esas horas de la mañana, a esas horas de la tarde. Mientras que una tortura enquistada de guerra y de fanatismo se esparcía en las horas de entrecejo y de tinieblas, en horas de empequeñecerse el sol. Es aquí, en este extramuro de la ciudad deshojada, que conozco a dos cubanos que estaban organizando el deporte por medio del Plan Masivo, Torrados y Battle; a Mario Morris del DIA –Departamento de Investigación Aduanera, venido desde Valparaiso en comisión de servicio-­‐ Hernán Muñoz Oteiza, administrador de la industria aceitera “Indus”; Alberto Palenque, abogado boliviano, precursor de los Almacenes Francos en Iquique, etc.

Por intermedio de esos y muchos otros compañeros más, supimos que en horas de la mañana habíanse trasladado al puerto de Pisagua al “Chico” Luis Lizardi, al Ángel Prieto, al Pancho Bretón, a Humberto Lizardi, en fin, a un total de 36 camaradas que marcharon con sus petacas al hombro a enfrentarse con una incostumbrada forma de vida que ninguno  se esperaba, que ninguno siquiera sospechaba. Fueron los primeros “relegados” por acoso y amaño de la usurpante militarización otoñal. Nos dan de comer un plato de porotos, pan y un tazón de té. Nos entregan sacos de dormir a algunos y frazadas a otros. Esposado llegó Mario Esteban, comerciante, ex alcalde de Huara, de militancia comunista. Lo   dejan



tal cual llega. Maniatado, con un enjambre de dolores adormecidos en sus muñecas de pampa añorada por muchísimo, infinito tiempo. Tiempo imposible, irrisorio para poder alimentarse por si mismo. Pero encontró a su ángel de la guarda, el “Chicora” Espinoza -­‐ morrino-­‐ quien se preocupó de alimentarlo mientras aquel permanecía sumido en su angustia de chivo expiatorio. Era el 14 de septiembre.

El día 15, en horario militar, comienza a efectuarse una lenta y pausada liberación de detenidos. Lenta y pausada; pero, liberación al fin. Iban dejando el regimiento gradualmente, a medida que sus interlocutores, sus interrogadores comprobaran por enésima vez, la nula participación, la nula implicancia de las atribuciones políticas en “atentados terroristas” de los innumerables aprehendidos por “glorificacioni militari”. Muchos, demasiados, tuvieron la suerte de dejar atrás aquella pesadilla de hastío, aquel recurso de inseguridad inhospitalaria. Partirían también los hermanos Espinoza Godoy, “Care Cuchillo”, “Ceballos”, “el Gato”, “Féliz Rojas”, todos amigos de mi entrañable y tempranero Barrio “El Morro”. Otro grupo, ya estaba esperando ansioso su partida a las puertas del “Tele”, cuando apareció él, el Virrey de las mil cosas perdidas, de las mil cosas cabalgadas, de las mil saturadas cosas, don Carlos Forestier Haengsgen:

-­‐    ¡Y estos, dónde creen que van!
-­‐    ¡Están libres, mi General!.
-­‐    ¡Por orden de quién!.
-­‐    ¡De mi Comandante de guardia, mi General!.
-­‐   ¡No señorrrr!...¡Envíelos inmediatamente a la cuadra!...¡En adelante nadie   más se retira sin mi consentimiento!.

Y colorín colorado y en donde manda capitán no manda marinero, los compañeros tuvieron que echar disciplinadamente grupas adelante con el sabor amargo de la incomprensión comprendida en sus desfaccionadas bocas. Luego, ya, todos nos olvidaríamos de una pronta restitución de nuestras anatomías a las andanzas por los cauces de una libre circulación, que se circunscribían a las calles casi simiales que adornaban el nuevo Iquiquitar. Luego, ya, nadie quedaría libre ni por si, ni por no.

Es por la tarde que llega Freddy. Llega de color celeste acompañado del Capitán de Servicio de Inteligencia Militar –SIM-­‐, Martín. Vestía chaqueta de cuadrillé de lanilla, casi café. Habíase cortado sus largos y Cristófilos cabellos. Habíase rasurado su Baustistiana barba. Hacíase muy difícil su identificación. De hecho, los cientos allí detenidos, ignoraban extrañablemente quien era aquel, ese hombre tan insólitamente aislado, tan peyorativamente vigilado fuera de un empotrado container, moviendo sacos de dormir, moviendo bultos, porquerías porque a más de alguien se le ocurrió que los moviera porque a otros les molestaba que los moviera: -­‐Es mi hermano, digo… Muchos no creyeron… Ni yo mismo me creía.



La subida a Pisagua


El día 17 de septiembre agonizando las 17 horas, notificaron que un nuevo contingente de prisioneros partiría esa tarde a Pisagua. Eran listas de 25 personas. A medida que íbamos siendo nombrados, íbamos a su vez, ocupando pequeños espacios al interior del regimiento cerril, cara a cara, al galpón que servía de cárcel o frontón para ir siendo separados por grupos. En esa misma medida, íbamos firmando un certificado, el cual, constaba de nuestra partida; el cual, estampaba en su parte más medular: “La buena forma. La excelente religiosidad de nuestros músculos”, como queriendo justificar de antemano algo totalmente inesperado para nosotros, totalmente esperado para ellos. Ese algo imperceptible, que solo ellos sabían, que solo podían saber: muertes súbitas e inescrupulosas. Una premeditabilidad a prueba de errores.

Firmados estos certificados, el teniente a cargo de la centinelada, nos ordena que  vayamos a buscar las pertenencias: ropas, frazadas, útiles de aseo, etc. Todo aquello que nos habían mandado de nuestros hogares. Todo ese acervo de límpidos recuerdos, que habíamos logrado amasar en esos tres quejumbrosos días de injustificada  detención.

Tito Espinoza, el “Negro Palmatoria”, morrino de cepa y nepa, comunista de vocación y por devoción, antes de salir en libertad me favoreció dejándome amablemente su parca. Su confección era de infantes de marina. Esta chaqueta, posteriormente me acarrearía muchos e incalificados problemas, por cuanto, una vez en Pisagua, arriba el mercante “Maipo” de la Sud-­‐Americana de vapores, transportando compañeros desde el puerto de Valparaiso. Aquel que fuera sorprendido portando elementos de las Fuerzas Armadas, se le acusaba de ser un infiltrador al sistema militar en formación. Se le golpeaba con inusitada brutalidad, sin miramientos. Otro peculiar salvajada de ir mermando la personalidad, la vitalidad, la moral del detenido. Se golpeaba por el deseo de golpear. Se golpea con el deseo de desear golpeando. La orden era. “Golpear y golpear… Aniquilar para aniquilar… Torturar para avasallar…”.

La chaqueta propiamente tal, pasó todo el tiempo escondida, en el baúl del miedo, mientras los marinos estuvieron presentes en Pisagua. Tan solo por las noches y en las noches hacía un nocturnífico uso de ella. No era un miedo patológico aquello, vitral; ¡No!. Más bien era un artero escozor, era como una itinerante caldera a punto de nacer en mi interior. No estaba dispuesto a pasar por la experiencia de ser golpeado, torturado, aniquilado –como lo fueron cientos y cientos-­‐, si toda vez que esta intemperada experiencia podía ser perfectamente evitada, perfectamente neutralizada.

En nuestro grupo de los 25, viajaban: Juan Antonio Ruz; Julio Cabezas Gacitúa; Andrés Daniels; Alberto Palenque –combatiente boliviano, que compartió luchas al lado del Che Guevara, en la sierra de ese país altiplánico-­‐; Mitchel Nash –santiaguino, que cumplía con su obligación de conscripto en el Batallón Blindado y de Caballería N° 1, Granaderos-­‐; Luis Araya Galleguillos. Con todos ellos, ocupamos la parte posterior del camión, que nos trasladaría a esa cárcel tan colocada como la mano por la benemérita naturaleza, a   orillas



del Pacífico. Estábamos casi seguros, por no decir completamente seguros, que Pisagua se convertiría en nuestro segundo hogar y no en un lugar de calvario. Más bien, estábamos completamente seguros, por no decir casi seguros, que ese lugar sería como algodón de esparcimiento, una jungla de divertimientos… Que ingenuo es a veces el hombre, no…  Que imberbe, no… Universalmente era un ordenamiento de planes y orientaciones al interior del vehículo transportador de utópicos… Saldríamos a nadar, a pescar… Trabajaríamos para saldar las penas y las no tan penas. En efecto, un canto pletórico de confianza y de gratitud a nuestras Fuerzas Armadas, era todo aquello, por desgracias mil.

Andrés Daniels, militante del Partido Socialista, locutor de “Radio Esmeralda”: La Trinchera del Pueblo, se apresuraba en su ensimismamiento. Deseaba instalarse con una estación radial allá: “Para hacer más amena nuestra estadía”, decía. Pensaba en la conformación, para él tan rutinaria de organizar shows, espectáculos revisteriles. De antemano se estaban formando los núcleos de convivencia transitoria, puesto que se tenía la creencia que nos acomodarían en las casas del poblado, que nos dejarían relativamente libres, a nadie se le ocurrió por ejemplo, que Pisagua se convertiría para algunos, se convertiría para otros, en su granítica tumba… Que ingenuo es el hombre, no… Que imberbe, no.

El ánimo a medida que nos largábamos carretera adentro, era el mejor. Por lo menos, así se desprendía de esas enseñoraciones poéticas y casi retóricas de los Compañeros. El ánimo era el mejor, mientras visualizábamos los bigotitos de galán afuerino, los ojitos celestiales del oficial. Mientras ganábamos carretera adentro; mientras éramos visualizados muy de cerca por esos bigotitos cinematográficos, por esos ojitos encielados del oficial, que nos precedía con su escolta gladiadora.

Salimos del regimiento cercanas las 18:30 horas y como era de esperarse no se divisaba una esencia simbolizadora de humanidad por las calles de Iquiquitar -­‐regía el toque de queda desde las 15:00 horas-­‐ solo patrullas motorizadas y patrullas andariegas ocupaban las ciudadelas. El Iquique antiguo era mansamente desvirginado, estaba siendo arteramente mancillado. Los estamentos del Iquiquitar estaban heroicamente ocupados. En esas condiciones cruzamos la población “Baquedano”, población eminentemente militar. Aquí, si que vimos rostros ocultos tras las cortinas mimétricas de las ventanas. Tendríamos un testimonio más que verídico de nuestra involuntaria situación. Por muy esposas, por muy hijos de militares que fueran se trascendería a pesar de todo. Toda vez que es imposible ocultar una caravana llevando prisioneros políticos. Por más que unas esposas, por más que unos hijos de sagaces militares la hayan visto pasar. Partíamos quizás, con un dejo de ensoñación por los nuestros; pero con la inmensa convicción que estaríamos mejor. Era el pensamiento colectivo, mientras nos maniataban la libertad. Mientras la carretera era velozmente devorada por la rauda caravana en guerra. Lo pensábamos de esta forma dada nuestra total inocencia a acusaciones algunas. Dada nuestra ninguna responsabilidad política. Lo más que se pudo haber hecho fue cometer acciones legales en contra de una sociedad capitalista de capa caída. Verdades tanto habladas, gritadas o escritas en contra de las Fuerzas Armadas, puede que haya habido. Ataques frontales en contra de ellas, no… Estábamos juramentados bajo la más absoluta



seguridad de nuestra buena fe, de nuestras buenas actuaciones cometidas, lo que nos hacía inmunes, -­‐pensábamos, nos imaginábamos-­‐ a malos tratos por parte de nuestros aprehensores. El hecho está, que mientras nos movilizábamos por el camino de tierra, lejos ya de la Panamericana, entrando ya a la recta final que nos conducía a Pisagua, comienza a levantarse una insensata polvareda, inmensa, magistral. No se divisaba nada. No se veía nada. Nos alejamos tanto del jeep guerrero que solo esporádicamente oíamos el ronroneo bocinar, debilucho, invitaminado. Mediante este vociferar de señales débiles, el conductor del pequeño transporte trataba de avisarle al conductor del gran transporte que le antecedía su manifiesto desagrado por lo que ocurría.

Si hubiésemos tenido el don de premonizar y de admonizar los hechos. Si hubiésemos sabido lo que nos esperaba, más que una intrepitud se hubiese intentado hacer en esa secana poltronería: huir, escapar. Toda vez, que éramos considerados unos rufianes de mal gusto, unos marxistas perversos, unos malvados, unos vende – patria. Con estos apostolados a nuestro favor, nada nos hubiese costado apoderarnos del convoy transportador de utópicos; pues, las condiciones estaban dadas para el guerrillero… Pero no, infinitamente no… Éramos gente pacífica, idealistas en todo caso; respetuosos de las ideas de los demás, de la vida de los demás. Tal vez haya sido por esto que fuimos tonta y conspiradamente derrotados.


La llegada a Pisagua.


Llegamos a Pisagua alrededor de las 21:00 horas. Entierrados. Desorbitados. Desorientados. Recibidos por un centellear de luces portátiles. Por un Capitán excelentemente gritón y gutural: el celoso guardián de la Soberanía, el beligerante Benavides… Fornido, alto, bigotudo, con aspecto de oficial vociferón y nacionalista.

Nos arenga por nuestro estado. Nos arenga para nuestra estada:

-­‐ ¡Esta no será miel sobre hojuelas… Será hiel en las espuelas, señores!. Así lo   vaticinó él y, así, tendría que regularizarse su vaticinio, en las costillas nuestras, en las vidas nuestras, nuestras.

A partir de estas metáforas belicistas las ilusiones todas, se transformarían. Todas las transformaciones metafísicas de la ilusión se desvanecerían. Lo que creía imperceptible se volvió perceptible: el encierro se hizo más prolongado y duro. La vigilancia, más caótica y ruin. Las celdas, más y más pequeñas. Los días, más y más tensos. La alimentación, más y más escasa y deficiente. Lo que se creyó imperceptible se volvía perceptible, ahora.

La celda que nos cobijó en Pisagua, se llenaría de muerte. Estaban el abogado Cabezas, Juan Antonio Ruz, el “Chico” Luis Lizardi, Mitchel Nash, Mario Morris. Era normal sentir a través de los barrotes el sempiterno latir de las metrallas. El escalofrío que henchía la expresión desencajada de los reclutas. La prontitud, con que apuntaban los metálicos y



mortales armamentos, más que peligrosos, en aquellas inseguras, temblorosas manos.  Con bala pasada y con puños cansados se situaban en los pasillos de la cárcel, dirigiendo el titilante apuntar hacia las cabezas de los allí encerrados: vigilantes, evasivos. Cuando los vigías comenzaban a ser vencidos por el sueño onírico –del sueño, sutilmente eran despertados. Un movimiento brusco en esas coyunturas podía percutar innecesariamente el parangón apocalíptico y regar con su pólvora cilíndrica la estadía no deseada.

Las celdas no cubrían las más sentidas necesidades. Espacios que fueron construidos para un determinado número de personas eran ocupados por un indeterminado número de prisioneros. Una catacumba –celda de aislamiento-­‐, para tiempos juicios, por su solo  hecho de aislamiento, de individualidad, eran ocupados por 14 ó 17 personas. Todas las celdas en cuestión sobrepoblaban la capacidad per cápita habitacional. El hacinamiento, una finalidad rústica a toda prueba: hacer más inllevadera e inscontante la situación de los prisioneros políticos. El hambre, otra rústica finalidad a toda prueba. El sentimiento tanto como el pensamiento debían ser arteramente aplacados en su equilibrio racional. Buscando la disfuncionalidad emotiva. Creando el miedo y el temor como ejes argumentales a sus patéticos fines de exterminio.

El régimen carcelario era más carcelario que régimen. A las 7:30 horas – aproximadamente-­‐ comenzaba con el desayuno. Consistía éste en una taza de té, con un pan. Se disponía de cinco minutos. Minutos que tenían que ser ocupados en: hacer las necesidades fisiológicas o lavarse o desayunarse. No era sorprendente por lo tanto, ver en los silvestres excusados a Compañeros haciendo sus necesidades, tomándose el té y guardándose el pan, cuales avezados malabaristas de circos. Mientras otros esperaban su oportunidad para hacer sus necesidades, tomarse el té, guardarse el pan cuales malabaristas de circos. Nos sacaban por celdas. De a pocos por vez. No se podía tener trato alguno con la oficialidad ni con las clases ni con los soldados conscriptos, so pena de arriesgar durísimos castigos, si se sorprendían desobedeciendo las burdas reglamentaciones. A las 16:30 horas aproximadamente, también el almuerzo: un plato de granos (porotos, garbanzos, lentejas), un pan y una taza de té, y la misma espera para la necesidad insatisfecha; esa misma sensación de hambre; la misma entronización de la problemática de estitiquez, etc.

Las celdas, no las catacumbas, tenían pintadas sus paredes de blanco. Los barrotes, ventanas, puertas y cornisas, de rojo. Medían casi tantos metros de largo por casi otros tantos metros de ancho y allí dormíamos, soñábamos, nos ilusionábamos. Allí languidecíamos en pos de la inseñera libertad. Y de allí salíamos a los interrogatorios.

Las celdas no conocían de horarios, para ellas las horas no tenían ni distinción social, ni distinción racial, ni distinción sexual. Para ellas todas las horas tenían el mismo formato de uso horario. A cada instante entraban y sacaban Compañeros. Torturados unos, sangrantes los otros, golpeados los más. Muchos salieron también para no regresar jamás. Fue en uno de esos escabrosos días que unos sonidos de ponzoñosas metralletas, fusiles y cañones,  despiertan  a  las  celdas.  De  todos  los  ángulos  se  escuchaban  los   tableteos.



Refulgurantes, intempestivos. Tras de los cerros. Tras de las celdas. Desde la azotea, como relámpagos de nieve. La cárcel se llenó de intemperie, de humedad, de pólvora. Era enfermante el estiercolizado fluir que resoplaba. Ensordecedor. Paralizante. Se sentía congruente el temor. ¿Por qué no?, era un temor alterado. Tenemos a veces lo novedoso  y eso era en realidad, lo novedoso. Electrizante. Enajenante. Hubiese o no pretendido algo con eso, se logró. Si se buscaba entorpecer la moral, también se logró. Fue un sonido perplejo, inmusical, envuelto en enjambres de balas y de morteros. ¿Cuánto tiempo fue aquello? No lo se. Estábamos como alejados apegados al piso. Esperando que terminara aquella infernal cacería de brujas, de pesadillas depresivas.

Al cabo, llegaría Larrían –Ramón Larraín Larraín, Comandante del Campo de Concentración de Pisagua-­‐, enquistado en su uniforme de campaña épica, enyataganado, adosado a sus oscuros lentes de dogmatismo absoluto:

-­‐ ¡Lo tuvimos que hacer. No quisieron escuchar la señal de advertencia, señores. Dimos en el blanco, como buenos soldados de la patria que somos. Salieron disparados por los aires. Ahí, en el mar, quedan restos todavía. Y si algunos de ustedes intenta fugarse tendría el mismo castigo que esos dos pescadores que no quisieron obedecer la voz de alto. Esta es una advertencia, señores. Pisagua es una zona militarizada y nadie, óiganme bien, na-­‐di-­‐e entra o sale de Pisagua sin mi autorización. Ya están advertidos, señores!

Era la carta de presentación del Comandante Larraín. Y fue también que desde estas trifásicas celdas oímos la eyaculante oratoria del General – Intendente Carlos Forestier, que vimos la magnificencia de su gesticulación.

Estaba de espaldas a nosotros. Inicióse en su introducción oral con la parsimonia del buen militar. Pausado. Controlado. Con carácter. De pronto, la metamorfosis. De albino se revino en escarlata. Incontrolado. Esquizofrénico. Cada vez se hacían más notorias y venéreas la venas de su yugular. Hinchadas, inyectadas de oligarquía. Salpicábale un líquido blanco de su boca. Golpeaba con su puño cianúrico los maderos de la estación: los sostenes que le servían de tribuna.

-­‐ …¡Por eso señores, el que ha hecho maldades tiene que pagar. El que no ha hecho nada, nada tiene que temer…!, y se reforzaban con más agudeza el color anguinal de su corteza y la blanquidez de su jugo labial.

¡El que ha hecho algo tiene que pagar!, repetía como intervalo de madrugada. Y como nadie había hecho nada, un sentimiento de sana ingenuidad aligeró entonces la pobredumbre del lugar. Nada había que temer, lo había dicho el señor General. Lo había dicho desde el descanso de un segundo piso, de una cárcel engomada de charreteras, acompañado por una comitiva de generales que venían en busca de los dos cubanos, de Torrados y de Battle.



-­‐    General: ¡Ustedes, qué son!
-­‐    Torrados: ¡Cubanos mi General!
-­‐    General: ¡Qué trabajos realizaban!
-­‐ Torrados: ¡Formábamos parte de una delegación de trabajo, en apoyo al deporte.  Un convenio entre el gobierno del Presidente Salvador Allende, con el Gobierno Socialista, presidido por mi Comandante Fidel Castro Ruz!
-­‐    General: ¡Aquí no existe ningún Fidel Castro!
-­‐ Torrados: ¡Para usted no existirá ningún Fidel Castro. Para mí, Compañero, si existe un Fidel Castro: ¡Mi Comandante Fidel Castro Ruz, Padre de nuestra segunda Independencia!
-­‐   General:  ¡Eso  es  mentira!...¡Esas  son  mentiras!.  Ustedes     estaban  preparando escuelas de guerrillas. Ustedes eran los jefes de muchos de estos prisioneros!
-­‐    Torrados: ¡Esa es su posición. Yo tengo otra. Estábamos organizando   y orientando al deporte en su conjunto!
-­‐    General: ¡Serán llevados fuera de aquí. Serán entregados a una embajada en la capital para que sean trasladados a su país!
-­‐    Torrados:  ¡Muy  agradecidos!.  ¡Desde  ahora  encomendamos  nuestras     vidas  a nuestro Comandante Fidel Castro Ruz y a nuestra Revolución!

Nunca he sabido la suerte corrida por esos dos internacionalistas cubanos. De los  mutuales Compañeros, que pusieron su talento capacitorio e intelecto socializante en pro de una causa justa, al servicio de la vanagloriedad humildante.


Torturas y golpes (una práctica cotidiana)


En otro orden de cosas, una de las funestas entretenciones que tenían los oficiales era la de apartar prisioneros, quienes eran golpeados por pequeñeces, por nimiedades para hacer más mutantes y dulzonas sus sibilinas noches de exterminios. Alguien en conocer muy de cerca la sibilinidad nocturna fue Omar Camacho, ex administrador de la Empresa Pesquera Tarapacá. Lo apartaron tipo 22:00 horas, llevándolo a un costado de la cárcel a experimentar su sibilinaje martirio. En la quietud de este peligro entrañado se escuchaban las nitideces de los golpes recibidos, la sonoridad de los golpes dados:

-­‐    ¿Cuántos tarros de conserva producían?
-­‐    …, mi teniente.
-­‐    ¿Cómo sabes que soy un teniente?
-­‐    Por los grados, señor.
-­‐    ¿Cuánto pesa cada tarro?
-­‐    …gramos, mi teniente.
-­‐    ¡Otra vez con la del teniente, hueón!



Se produce nuevamente la sibilinosa quietud. Con golpes, golpes y con más golpes respondía entonces la sonoridad. Cada vez más receptibles. Cada vez más auditibles. Con quejidos, quejidos, y con más quejidos se exteriorizaba entonces la melodía del dolor.

-­‐    ¿Y por qué no le echaban más pescados a los tarros para aumentar la producción?
-­‐    ¿Acaso no eran ustedes los príncipes de la sobre producción?
-­‐    No se podía mi teniente.
-­‐    ¡Vai a seguir con la del teniente, hueón!. ¡Y por qué no se podía, a ver, dime!
-­‐    Las máquinas están equilibradas para un peso determinado, señor.
-­‐    ¡Ah!, con que están equilibradas, hueón. ¡Ah!. Toma. Toma para que las equilibrís.

Y los golpes sucesivos se sucedían en la corpulencia del ex administrador. El teniente golpeó hasta que su cansancio afloró. Hasta que el aburrimiento devino en rutina. Luego otros: Hurtado, Andrés Daniels. Aterradoras noches esas de la sibilinidad reinante. Espinudas, escarmentosas la sinfonía del redondel carcelario. Asfixiante y expositora.

Lo de Andrés Carlo, fue un motivo que motivara a la insania infantil, que horadaba la brutalidad del entorno. Noche a noche era fieramente maltratado por los tenientes García y Abarzúa. Andrés Carlo, militante de las Juventudes Comunistas, hijo de un sub-­‐oficial del regimiento Carampangue, responsable del funcionamiento del Casino de Oficiales, muy estimado por éstos. En una de las tantas operaciones que hacían para detectar posibles implementos, que permitieran coordinar una pretenciosa fuga, comenzaron las inconfundibles interpelaciones:

-­‐    ¿Cómo te llamas?
-­‐    ¿De dónde eres?
-­‐    ¿De qué se te acusa?.
-­‐    ¿Y vos moreno, cómo te llamai?
-­‐    Andrés Carlo, mi teniente.
-­‐     ¿Eres tu el hijo de mi sub-­‐oficial?
-­‐    Si, mi teniente.
-­‐     ¡Conque tu eres el culpable de que hayan dado de baja a mi sub-­‐oficial!

…, ante la nula respuesta tuvieron lo suficiente. Encontraron lo que buscaban. Siguieron con la revisión subliminal, visual por el interior del recinto. Tranquilos. Muy competentes. Ya por la noche, lo llaman. Permanecían al pie de la escalera. El Compañero estaba ubicado en un segundo piso. Llegando donde están ellos es recibido por un puntapié.

-­‐ ¡Sube la escalera, hueón!... Así, así…, y los oficiales avasallando, pateando: muslos, cabeza, genitales. La escena se prolongaba por una hora o quizás más. Después, es devuelto nuevamente a su celda.
-­‐
Al otro día a las 22:00 horas. Otra vez ellos. Al pie de la escalera. Esperando, llamando, ordenando:



-­‐ Ese Andrés Carlo que baje!, haciéndolo nuevamente el Compañero, siendo  derribado por otro puntapié a los testículos, escuchándose un ¡ay!, lastimero y ahogado. Ya no se conforman con pegarle en el suelo, ¡NO!. Ahora lo lanzan de un segundo piso, peldaños abajo. En el intertanto Abarzúa, lo espera con sus botas listas para actuar en la faz de ese rostro moreno, motejudo, de facciones altiplánicas. La golpiza era complementada y teatralizada con plegarias satánicas. Insultantes. Garabateantes. Lo más sutil que le decían.
-­‐   ¡Vende patria!...¡Traidor!...¡Concha de tu madre!.

Le hacían contar, y contaba en inglés.
-­‐    ¿Cómo?...¡A ver deletréamelo!.
-­‐    Efe, i, uve, e…
-­‐ ¡Eso me gustó!, con la uve…¡Recibe tu premio, ¡hueón!, y otro  puntapié  al  fantasma biológico que en irrigaciones de calenturias crece y crece; y, otro golpe a su caribeño rostro.

Los prisioneros no tan observantes, pues, no teníamos acceso al mirar, atinábamos solamente a escurrir la cera auditiva. No cabíamos en nuestros propios cuerpos por el asombro de la barbarie que subsistía. Impotentes. No sintonizábamos de insuficientes. Intimidados. Temíamos que en cualquier momento fuera nuestro turno, más, nadie  estaba dispuesto a vivenciar las vivencias que se exprimían en los sentimientos y en los padecimientos del Compañero.

A la hora del desayuno podíamos observar su rostro amoratado, desfigurado por la fiereza. Pero también observábamos una voluntad de valentía, casi como un gesto de insubordinación, diría yo. Solidarizábamos con él y recibíamos la reciprocidad del entendimiento. La gratitud, a través de sus aquietados ojos. Una mirada bastaba para  decir miles de cosas. Para diferenciar una rabia de rico, de una justeza de pobre o justicialidad de marginados. Para diferenciar la solidaridad de la buena intención con la ira desprendida de un holocausto mal parido. Se estaba llegando al límite de la degradación. Se estaba formando una aureola de espanto ya a esos niveles del encierro. Implorábamos que el día se detuviera y no avanzara la noche. Sabíamos que llegarían ellos. Sabíamos que bajaría a la jungla nuevamente… Las 20:00 horas, puntuales. Prusianos al fin y al cabo. Al pie de la escalera –maldita escalera-­‐ mil veces  maldita.

-­‐    A ver ese Andrés Carlo, gritaba el teniente García… ¡Estai listo?...
-­‐    ¡Si, mi teniente!.
-­‐    ¡Baja entonces!.
-­‐ ¡Yaaah, sapitos comenzaaaar…, pero el Compañero ya estaba prevenido. Lo sufriría estoicamente. Le habían dicho que apenas recibiera golpes se hiciera el desmayado. Y así lo hizo efectivamente, pero para eso faltaba:
-­‐    ¡Sube!...
-­‐    ¡Baja!...
-­‐    ¡Flexionar brazos!...



Desde el tercer piso lo lanza escaleras abajo, podíamos sentir los rebotes de su cuerpo por los escalones en su solitaria caída. Más, no se levantará… ¡Para qué?... ¿Para seguir siendo torturado?... El masoquismo revolucionario no existía para ese tipo de acciones en esas terroríficas latitudes… Permanece en el suelo recibiendo los bien lustrados puntapieses, esas violentaciones lanzadas a la masa inerte que era el Compañero, recibiendo el afiebramiento de los tenientes.

Podríamos percibir de nuestra pontificada pestilencia el olor perfumante de los oficiales,  la pulcritud de sus contorsiones; la expansión boreal del Compañero. A la cuarta noche, como que la prevaricación se convierte en rutina y la rutina en cartomancia: ¡Bajar gradas!... ¡Subir gradas!... ¡Estampar la trepidación del coraje en las barandas… Ellos, esperando al pie de la escala. Uniformes puntapiés que ingerminan el adormecimiento de la conciencia proletaria… Rellanos que son sacudidos por la efervescencia del   momento…
¡Trepar gradas!... ¡Bajar gradas!... ¡Sesgar al pensamiento!... El piso que cubre y que recubre con su ruborosidad a la militancia semejante.

… y, el desvario ciertamente, que llega en la voz del teniente García:
-­‐    ¡Conque te estai haciendo el desmayao?... Patadas van.
-­‐    ¡Ah, conque seguís haciéndote el desmayaito, eh?. Patadas vienen.
-­‐    Parece que estai desmayao de veras, concha de tu madre!... Patadas van y vienen.

Abarzúa reacciona:

-­‐    ¡Está desmayado de veras!... ¡La cagaste!.
-­‐    ¡Si se está haciendo…Mira cómo se rie!... ¿No es cierto que te estai riendo?

García continúa golpeándolo, a tal grado, que el oficial boina verde de alta montaña – Abarzúa-­‐ comienza a discutirle su disconformidad al oficial boina negra -­‐García-­‐ y  abandona la cárcel… Andrés Carlo es trasladado, entonces, a su celda…Los ojos del teniente García, refractan la sanguinariedad en el destello de su mirada. Una obsesión que enrabiaba a la iracunda rabia inmortalizada el salvajismo de su sin razón. Sería esa la última noche de nebulosidad peldañera. La faz desparramada del Compañero luciría inconquistable, radiante ante nosotros. Ese recelo marítimo languidecería azulinamente por la inercia del tiempo. Con todo y por todo, Andrés Carlo, joven militante de las Juventudes Comunistas, hijo de un sub-­‐oficial del regimiento Carampangue, habíase ganado el aprecio y el respeto de aquellos que vivieron la amarga experiencia de la consolidación de un campo de prisioneros y de exterminio, como lo fue el Pisagua. Abarzúa, reconocería más tarde la hidalguía del Compañero. Lo rescatable de esta filibustera golpiza, irreflexiva a veces, reflexiva otras; aturdidora, degradante, que tuvo ribetes enriquecedores para la posterioridad consecuente y militante de la conciencia proletaria.



La muerte llega a Pisagua


Una mañana, aquella, esa, la que amaneció de una manera más que compleja con relación a las anteriores, llegaron el comandante Larraín, el capitán Benavides y los tenientes Contador, Figueroa y Ampuero. Traían sus manos documentadas con papeles de archivos. Tomando diferentes posiciones al interior de la ermita afrijolada –la cárcel-­‐. Los tenientes Contador y Ampuero, en el tercer piso; Figueroa en el segundo, con el capitán vociferaron y nacionalista Benavides, dirigidos desde la planta baja por Ramón Larraín. Comienzan a leer de una lista, nombres y más nombres, la orden era:

-­‐ ¡En la medida que sean nombrados, un paso al frente los primer piso… Los del segundo y tercer piso, decir “Presentes mi Comandante y deben mostrarse!”… Ya leida y contestada necrófila lista, Larraín pide seis voluntarios para ir a pintar el frontis carcelario. Era una mañana más que compleja. Mucho más diferente que  las anteriores. Era una mañana de marchita longitud, senil y blasfemante; y, serían las 8:30 horas, durante el desayuno, de esa mañana del 29 de septiembre de 1973.

El “Chico” Lizardi, socialista, permanecía en la reja misma. A centímetros del comandante, ofreciéndose para el trabajo. Insistía tanto el “Chico”, que es regañado por Larraín, haciéndolo callar de mala forma, como un buen militar solamente lo sabe hacer. Escogidos los pintores, toman sus broches y sus tarros de pintura y felices salen al irisamiento fronteril. Por un momento se olvidarían del encierro, de las dianas y de las anquilosaciones.

-­‐ ¡Ahora!..., dice Larraín… ¡Necesito seis voluntarios para los “Pilotes”… Y los ofrecimientos se ofrecen a raudales. Varios Compañeros, demasiados, ofrécense para el ofrecimiento. Por la regañadura anterior, Luis Lizardi, no manifiesta deseos alguno de incrementar sus ansias voluntaristas. En esta tramada circunstancia a los seis para los “Pilotes” no fueron tan voluntariamente llevados, fueron más bien voluntariamente voluntariados. Fueron escogidos no al azar, sino que fueron reciclados al ojímetro y con dedal. Larraín le pregunta a Contador:
-­‐    ¡Teniente, cuál es su preferido?...
-­‐ ¡Este mi comandante!, apuntando a Norberto Cañas… Norberto Cañas,  encontrábase mal de salud. Antes del golpe militar había sido intervenido quirúrgicamente. Una intervención a la hernia para ser más preciso, por lo que su ánimo era de los peores. Angel Prieto, “ferista” (del Frente de Estudiantes Revolucionarios) en ese entonces, trata de explicar el malestar del Compañero, intencionalmente escogido, ofreciéndose él para ocupar su lugar. El teniente siempre insistente, insiste que Cañas debe ser el hombre. Cañas era su hombre. Cañas debería ser su hombre. El nombre del hombre que tuvo que memorizar horas. Aquel, el poseedor de un puesto de enorme importancia dentro del Partido donde militaba. Angel Prieto, abogó y abogó y por más que abogaba, sus abogacías se iban a estrellar contra la bien cimentada estructuración mental y militarizante del elector. La rueda del infortunado complacía la estratagema de la inspiración



mal intencionada. La parca suerte; la parca sonrisa de la suerte infortunada estaba echada para el Compañero en esa mañana de longitudinal marchitez.
-­‐ ¡…Y teniente Ampuero a quién eligió usted?... Larraín, dirigiéndose a uno de sus subordinados. Ampuero, sentenció entonces, a Marcelo Guzmán Fuentes, también del Partido Socialista.

Marcelo se encontraba solo en un rincón de la celda. Medio abstraído, medio pensativo  en la soledad de sus meditaciones. Marcelo al igual que Cañas, no estaba dispuesto al voluntarismo. No hizo acoso de pararse. Siguió sentado contemplando su congoja. Los barrotes de las ventanas se ven atraídos por las aceptaciones al reemplazo, en vista de lo cual, Ampuero hace a un lado a los camaradas de prisión que interceden por Guzmán, sobre todo a Oscar Varela Barbagelata –buzo, hombre rana, amante de la exploración andina y arqueológica, quien a su vez asume una actitud parecida a la de Angel Prieto, sin importarle al oficial de carrera que aquellos si estaban interesados en el trabajo voluntario. El sino del Compañero quedaba sellado canallísticamente por este profesional de las milicias institucionalizadas. Había elegido a quien no deseaba ser elegido, a aquel que optaba por la soledad de su silencio, por la meditación de su abstraimiento.

Es Figueroa, ese gigantón del parche rojo, el censor para los prisioneros políticos traídos desde Valparaiso en el mercante “Maipo”, de la agencia Sud-­‐americana de Vapores. Designa a dos ex infantes de marina, enrolados al DIA –investigadores aduaneros al igual que Mario Morris Berríos-­‐: Juan Calderón Villalón y Juan Jiménez Vidal, de entre casi 300. Leyendo para el caso, a no más de 20. Dos “Pilotes”, dos estacadas, acelerarían sorprendentemente el exterminio de estas dos porteñas inteligencias, de estas dos torpederas porteñosas designadas por filosofías arcilladas de fascismo: el azar preconcebido de la deliberación.

-­‐ ¡El suyo, capitán Benavides, ¿cuál es?, inquiere sarcástico y  siempre  irónico,  Larraín.
-­‐    ¡Mitchel Nash, mi comandante!.

Mitchel Nash Sáez, de las Juventudes Comunistas, para el 11 de septiembre se encontraba realizando su servicio militar obligatorio. La causa de su detención se debió a unas preguntas que le hicieron los Servicios de Seguridad:

-­‐   ¿Serías capaz de matar comunistas?... ¿Los matarías en caso de enfrentamiento?...
-­‐ ¡No… Yo no mato a mi pueblo!, contestó secamente, y de esta sequedad, de esta conciencia de clase, y de esta sensibilidad social, emergería posteriormente la supina pasión por la irracionalidad. Nace su arresto como consigna de un nacionalismo mal proyectado. Infinitamente mal interpretado. Otro “Pilote” presto estaría. Otro “Pilote”, enhiesto a la pilotez se prestaría para la extinción de la madurez política en la sequedad de la exclamación pisaguina.
-­‐ ¡Falta el suyo, mi comandante!..., grita el oficial vociferón y nacionalista. Y Larraín, disfrazado por sus oscuros lentes, parsimoniosamente por debajo de su gorra de



guerrero sin guerra; por encima de su fetiche de marinero, indica con su índice indicador al “Chico” Lizardi, ya con la esperanza a medio terminar perdida la oportunidad de esperanzar sus esperanzas; permanecía aun intermitente en la permanencia de la reja, a un costado del militar:
-­‐    ¡Tú!...¡Tu!, chico que tanto gueviai, irás a uno de los “Pilotes”.

Consumada la elección, váyanse los Compañeros imaginándose no se qué de cosas. Con esa certeza de incertidumbre rifada. Existía entre nosotros la ambivalente sensación de una irregularidad ambiental; de un fenómeno de extraña naturaleza; de un calvario, en la consecusión de un determinado destino. Sentíamos la gelidez de los sollozos en el canto de las sanguijuelas.

En realidad, no estábamos muy distantes de las confusas aprehensiones.

-­‐ ¡Bastardos… Desleales… Fueron unos hijos de perra. Tuvimos que matarlos!, maldecía el capitán Benavides. ¡Faltaron a nuestra confianza… Con nosotros no se juega, señores, sépanlo bien. Esos hijos de perra lo intentaron y ahora están todos muertos. Trataron de fugarse… Tuvimos que matarlos!..., repetía incansablemente el bigotudo capitán… ¡Fueron unos hijos de perra!... ¡Traidores!...

Días después, Contador –el rubio oficial-­‐ narraba su jactancia:

-­‐          Uno de ellos, un comando de marina que corría en zig-­‐zag cuando estaba por llegar a los roqueríos, le apunto. Espero que intente lanzarse al mar y le disparo. Le doy justo en esta parte de la nuca -­‐tomándose con la mano izquierda, pues era zurdo-­‐, cayendo sobre las rocas. Los allí presentes, en esa tarde de almuerzo, quedamos como puzles a medias, sin solución. Inalambricados en el tiempo y en el espacio. Nunca creimos que la historia de los “Pilotes” se tejería así. Pensábamos a lo más, que todo era un ardid. Una maraña de amedrentamiento y que los Compañeros habían sido llevados a Iquique para ser interrogados. Ignorábamos también, que  en noche anterior, en el neo Iquiquitar, habíase producido un simulacro, una suerte de guerra de ciencia ficción al regimiento Telecomunicaciones. Un ataque simulado donde encontró la muerte el soldado recluta Pedro Prado; donde desaparecerían para siempre los Compañeros Socialistas, Jorge Marín Rossel y Williams Millar Sanhueza. Ese simulacro lo ignorábamos nosotros allá en Pisagua, en verdad lo ignorábamos.

Pensábamos que esa maraña de amedrentamiento se desenmascararía con la llegada de los Compañeros de Iquique, y que serían recibidos tal cual, eran recibidos los enmudados grupos que llegaban al puerto de Pisagua: con la intensificación de los malos tratos. Con la grotedad de las maldiciones. Que serían recibidos a golpes de culatazos, tal cual eran recibidos los prisioneros del Campo de Concentración de Exterminio.



Los recibimientos eran brutales, grotescos, sin misericordia. Los Compañeros se convertían en unas verdaderas orquetas humanas. Con sus bocas araban la languidez de la terrosidad pisaguina. Mermaban esa tierra con sus ansias rellenas de signos de interrogación. Estrangulaban las fluideces de la sanguinidad bajo el sol ardiente y supural. Perentorio, bronquial y tormentoso. Sin comprender nada de nada recepcionaban las botas de los oficiales en sus confinados rostros. La de las clases, en sus deportadas costillas. Hacíanse de ellos, fantasiosas alfombras humanas. Tendidos, muy unidos entre  sí, casi entrelazándose daban a lo lejos la impresión de huellas de carreteras recién asfaltadas. Se corría sobre ellos. Aligerábanse las metralletas y los fusiles por sobre sus agrietadas cabezas. Desparramábase el líquido rojo que brotaba de sus heridas. Y, allí, permanecían los Compañeros: insolventes, desnudos… Albañiles, soldadores, médicos, profesores, pescadores, empleados, estudiantes -­‐sus profesiones-­‐… Alianzinos, victorianos, iquiqueños -­‐sus gentilicios-­‐… Jóvenes, viejos, más viejos -­‐según, el accidente del  tiempo-­‐…

Nos impresionaban de veras esos bestiales recibimientos. Habíanse cambiado hacía montones de días las reglas del juego. Nosotros, por ser los más antiguos, teníamos un trato “especial”, con más condescendencia -­‐si así podía llamársele-­‐, más deferente. Cuando por algún u otro motivo se necesitaba de nuestra ayuda -­‐deber, para ellos-­‐, se nos llamaba.

-­‐ ¡A ver esos regalones, acato!...,-­‐ por eso de ir creando una rivalidad entre prisioneros por un mismo delito -­‐aunque en este caso hayan sido políticos-­‐. Rivalidad imperentoria que tuvo visos de inexistente, por cuanto, ese enroque corto no dio resultado alguno. El compañerismo se hizo entonces más elocuente, más gramatical, más fluido.

Toda esa mañana, por días, los tenían en ese estado de dilatación y de contracción tortuosa: comprimiéndolos, enseñoreándolos, mustiándolos. Ya al término de las infaustas jornadas, los hacían entrar a la cárcel -­‐pues, la mustiandad se hacía fuera de ella-­‐ a punto y codo, arrastrándoles como famélicos ciempiés. Lamiendo, vomitando tierra… Lamiendo, besando botas. Cristalizando con sus cuerpos ese cemento paranoico. Nadie escapaba del maligno trato. Ni aquellos que habían pasado de los 60 ni de los 40 ni mucho menos de los 20. La brutalidad era comunicante: ¡La ley pareja es dura!, decían y la hacían cumplir y sentir, y de qué manera: Un Compañero -­‐que no recuerdo su apellido en estos momentos-­‐ con más de 60 años de edad, después de padecer todo ese andamiaje de insultos y atropellos y mientras va subiendo la escalera y llegando ya al descanso del segundo piso, es sorprendido por un invaginal culetazo, rodando ancianíticamente hacia el suelo. Cayendo pesadamente sobre su estertórea espina dorsal. Luego, tendría que ser llevado al hospital de Iquique, en avión, para su posterior tratamiento. ¡Cómo habría quedado de mal la militante senectud: La ley era eso: ¡pareja y dura!...

Eran estas situaciones, incómodos padrones de macilencias que se volvían latentes, borrascosas,   emergentes.   Por   la   originalidad   de   estos   tratamientos   sentíamos    la



transformación de nuestros temores, la transparencia de nuestros terrores. Solíamos entristecernos de antemano al divisar la caravana que llegaba empavonada de cerros. Esa caravana que traía en su cansino y mecánico rutilar más prisioneros políticos. Rogábamos para que en esos camiones no viniesen amigos, familiares. Sería entonces doblemente implacentero el sublime sufrimiento. Sería trípticamente dolorosa esa tensa espera. Era la sustancial evitación para que esas posibles identidades -­‐metidas ya en la idealización imaginaria-­‐ no labrasen con sus bocas las ensangrentadas semillas de Pisagua. No ensanchasen con sus bocas las orugas inveteradas del jazmín.

Fue de ese modo que vimos llegar un jeep del ejército, de forma rectangular con cinco personas en su interior. Cuatro eran integrantes del movimiento juvenil, configurado en Argentina por Marcio Rodríguez, Silo, más el hermano del Compañero Nelson González que estaba detenido junto a nosotros. Distingo de entre el grupo a Bruno Ehremberg -­‐líder y hombre público del movimiento-­‐.  Lo distingo, además, por su brazo de goma. Había  leído unos artículos sobre esta organización y había visto unas fotografías de él. Era conocida de sobra su simbología. Pintadas en las murallas, mostraban un triángulo dentro de un círculo. Eran jóvenes, rubios, de rasgos y colores pudientes. Encargados en forma especial al canciller de las cosas hábiles: teniente Contador, por el oficial castrense Larraín:

-­‐  ¡Estos conchitas de su madre deben sentir la disciplina militar… Me entiende   usted, mi teniente!...
-­‐    ¡Si, mi comandante!, está de más decir que nosotros también lo entendimos así.
-­‐ ¡Estos huevoncitos eran los que andaban drogando a la juventud para que después nos cagaran a nosotros!... ¡No es cierto, Manco?, y dirigiéndose a los prisioneros políticos gritó:
-­‐    ¡Estos también son traidores, vende patria, igual que ustedes… Escucharon bien!.
-­‐    ¡Si mi comandante!, aludimos los aludidos.
-­‐ ¡Y no quiero que nadie se acerque a estos huevones… No quisiera sorprender a  nadie ayudándoles… A usted lo hago responsable, mi teniente!.
-­‐ ¡Si, mi comandante!... y, con un saludo rutinario de disciplina militar se despiden, mano en visera, haciendo sonar cual más cual menos, sus tacos. Proyectándose una fisonomía de cual más cual menos, en la esfinge homónima de Hitler.

Por la tarde, los cuatro siloistas y el hermano del Compañero González conocerían de la observancia, de la furia militar. De esa jerarquía dinosáurica tan atentamente obedecida por Contador.

A Bruno lo mandaba a zigzaguear febrilmente tendido por la canchita de tierra que estaba situada enfrente de la mazmorra carceril. Los demás eran ordenados a subir un piqueteado cerro. Alternábase los gritos disciplinantes, con golpes, con mofas, con abominación. Buscando siempre las partes más sensibles del cuerpo, principalmente rostros y testículos. Después se invertirían los papeles. Ahora era Bruno, que sin su mano de goma debía subir reptando la pedregosidad del cerro. Insultado. Vejado. Incapacitado para hacerlo.
Por ciento ochenta minutos los tenían encumbrándose por las laderas del torturador cerro. Sucios de juermas, molestos. Sucumbiendo, desarticulándose, buscando sus anatomías por los excrementos disolventes del lugar:
-­‐    ¡Si, mi comandante… Conocerán la disciplina militar!...
-­‐    ¡Si, mi comandante… Conocerán la…!.
-­‐   ¡Si, mi comandanteeeeeeeeee!.

Un adiós y un mensaje.

(la muerte de Freddy y los otros)

Estaba  absorto,  como  casi  prendido  a  las  pupilas  de  este  enervante  y  despótico
¿exorcismo?. Cuando desde las profundidades de estas mismas absorciones, irrumpen ciertos recuerdos, que renacen por la incertidumbre del martirio siloista. Se ven invadidos por las invocaciones de un lejano llamado lejanamente lejano. El nombre y mis apellidos genealógicos renacen ciertamente como fulguraciones centelleantes, de pronto:

-­‐    ¡Héctor  Taberna  Gallegos!...  ¿Dónde  está?...  ¡En  cuál  de  las  celdas!...       y,  las imágenes renacen entonces, tangibles, tangenciales.
-­‐    ¡Aquí, en el tercer piso!, contesto.

Fue en eso que Villaseñor -­‐el gendarme-­‐ me abre la puerta de la celda.

-­‐    ¡Baje!..., grita Larraín… ¡Su hermano quiere conversar con usted!...

Rápidamente bajo las escaleras, con fuerza de cíclope enjaulado. Era tanta la prisa que no tomé dimensión de ella ni del peligro que constituía todo aquello. Días antes, con mucha mayor lentitud y en condiciones de vida mucho más amenas, me resbalo y comienzo a caer peldaño por peldaño, como si estuviera cayendo por un aceitado tobogán. Y durante esa noche la bajada fue tan normal que en rigor a la verdad no supe como llegué donde estaba el comodoro de la muerte.

-­‐    ¡Se va despedir de su hermano… El pidió hablar con usted!...

Al verlo, lo primero que hice fue de inercia, me lancé a sus brazos y lloré, lloré desconsoladamente en sus brazos. Como niño. Lo amaba tanto -­‐y lo sigo amando aun-­‐. Tanto como solo los hermanos menores sabemos amar a los hermanos mayores cuando éstos, sí que han sabido merecerse nuestros cariños. Lo amaba tanto. Desde siempre él supo ganarse mi cariño, como también yo me había ganado el de él. Supongo…

-­‐   Tranquilo… ¡Trata de tranquilizarte!... pero, en esas condiciones era muy difícil hacerlo, sobre todo por el desenlace que vendría a posterior.

Me acariciaba el pelo diciéndome:



-­‐    Amo tanto a mi esposa, pobrecita… Dile que cuide a los niños.
Me abrazaba… Me seguía acariciando el cabello.
-­‐    Que se cuide, los amo tanto.
-­‐ ¿A que hora fusilaron a los Compañeros Valencia, Córdova, al Tito Lizardi, a Mario Morris, al abogado Julio Cabezas? Me consulta.
-­‐    ¿Cómo?, le pregunto asombrado.
-­‐    Que no lo sabes, me responde.
-­‐    No. No se. Los llevaron a Iquique para ser interrogados, le digo anonadado.
-­‐   ¿A interrogarlos?... Los fusilaron, por eso te pregunto la hora.

A esas alturas de las circunstancias ya me sentía más relajado, podía controlarme y le pregunto inocentemente.

-­‐  ¿Es cierto de lo que te acusan?... (Traición a la Patria… Infracción a la Ley de   Control y Armas… Infracción a la Ley de Seguridad del Estado… Preparación de ataques a Unidades de las Fuerzas Armadas. Planificación de asesinatos a oficiales de las Fuerzas Armadas y civiles opositores al Gobierno de la Unidad Popular…).
-­‐    ¡Mentira!.
-­‐ ¿Lo que son las cosas?… Con decir, que cuando llegábamos, estuve aquí, en esta celda.
-­‐ ¡Si, lo se!... Y muestra con su dedo mi nombre escrito en la pared, como una señal  de recuerdo a mi estadía en Pisagua.

¿Cuántos sentimientos?... ¿Emociones?, desfilaron ante él durante su aislamiento… Cuando lo de su fusilamiento… ¿Cuántos recuerdos al leer mi nombre en esa pared?.

-­‐ ¡Mañana está de cumpleaños  la  Nena!  -­‐nuestra  fallecida  madre-­‐. ¡Imagínate  cuando lo sepa!. ¡Con tal que estos desgraciados me maten sin dolor!... ¿Te diste cuenta que fueron ilusos los Compañeros?

En realidad no me di cuenta, estaba como ido, apermasado de tiempo y de sonambulidades.

-­‐ ¡Tú debes estar tranquilo… No hagas nada… No trates de hacer nada, por lo menos en cinco años… Dile a los Compañeros que sigan en la lucha!... mientras me ponía su reloj japonés de marca Seyko, en una de mis muñecas, la izquierda… Alzó la vista y me fijo bien… Veo su rostro lleno de cicatrices, las cuales demostraban muy bien las huellas de las bestiales torturas a la que fue sometido… Lo veo tan sereno… Tan seguro de si mismo, que no se si la muerte es vida o la vida es muerte.

Pensé, que siempre se preparó para un momento como el que estaba viviendo… Fue un hombre lleno de principios y de convicciones… Fue un hombre que vivió de acuerdo a



ellos y por ellos ahora moriría. Recordé que la Jinny, mi cuñada, su esposa, me dijo en una oportunidad:

-­‐   Los   marxistas   están   condenados   a   no   ser   nunca   felices…  ¿Premonición?...
¿Profecía?. Todo aquello… No lo sé, pero lo cierto que esos momentos incuestionables. Su suerte estaba echada… ¡Los marxistas, por lo general, no serán jamás felices… Jamás!, repetía mi instinto conservador de vida.
-­‐    ¡Tú me lanzaste estos paquetes de cigarrillos y estos chicles!.
-­‐    ¡Sí!, me llegaron hoy.

Me los entrega nuevamente y éstos se convertirían a partir de ahí, en mi tesoro de guerra. Eran mis amuletos. No lo usé. Los guardé como una presencia viva de él, por cuanto, cada vez que me sentía frustrado, reflexionaba en torno a ellos y una candidez mágica se apoderaba entonces de mí, después.

Recuerdo su saco de dormir en la esquina de la celda. Su poncho con ligeras figuras incaicas, tendido a lo largo del suelo. Una concha de loco que hacía las veces de cencerro, se retorcía intranquila, pretoriana. Insumos de cigarrillos en su interior, como celosos testigos de lo que sucedía y estaba por suceder… Su chaqueta de lanilla de cuadrillé… su camisa con tersuras café, también las recuerdo.

Lo que más me impresionó fue la entereza que anegó la ferocidad indomable, inclaudicable el temperamento de su tranquilidad. La tranquilidad innata de su idealismo. Esa conciencia de la muerte que despedían sus palabras por saberse depositario de la verdad. Aquella verdad asesina de hombres y de mujeres: la transformación de la lucha para la transformación de las sociedades marginantes, excluyentes, explotadoras de los recursos humanos. Esa verdad emancipadora de Socialismo.

Fue una entereza placentera, imitativa al verle, la que marcará los días de mi plenitud por el resto que me queda de universalidad. Pienso que supo encontrar las pausas. Supo llegar a mí en esos momentos difíciles. Encontró las palabras exactas para el momento adecuado:

-­‐  No tienes que llorar querido hermano… No le demos a los milicos la oportunidad   de vernos derrotados. Hemos sido vencidos, es cierto; pero, es solo una batalla. Y es ahora cuando hay que tener más fuerza para reponernos de este revés. Por nuestros hijos, familiares y por todos aquellos que confían en nosotros, tenemos que hacerlo. La guerra no está perdida por el contrario, los que toman puestos serán mejores porque tendrán la experiencia de esta tragedia que enluta la patria entera.
-­‐    Es que…
-­‐ ¡Quiero que me escuches…!. ¡No me interrumpas por favor!... Esta será la última oportunidad en la que podamos conversar. Sé que sobrevivirás, y, tu, tendrás una carga muy pesada que soportar… Ustedes los Prisioneros Políticos tendrán   mucho



que contar y enseñar a las nuevas generaciones. Debes tener la convicción necesaria de ser cada vez mejor. Un líder debe demostrar en los hechos y en las palabras que es un líder y que está preparado para conducir a su pueblo en un proceso revolucionario… Estudiar. Estudiar. Estudiar es la tarea inmediata… Debes mantener dentro de ti la llama libertaria que un día los hará libres, a pesar de  todos los contratiempos que se presentarán… Eso lo sé, el fascismo actúa de esa manera… ¡Un buen revolucionario no puede claudicar!. Somos mejores y el tiempo nos dará la verdad. Vamos a vencer, te lo aseguro… Recuerda lo que dijo el Chicho:
¡Otros hombres superarán este momento vil y amargo!, recuérdalo, no lo olvides nunca… Cuando sientas a tus fuerzas flaquear recuerda a ese hombre generoso y consecuente que nos dio a todos una gran lección de honor y consecuencia.  Piensa, que rodeado de tanques y metrallas, bombardeado fue capaz de abrir un paréntesis de esperanza al decir: “¡de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre!”, no lo olvides, es una tarea para ustedes que nos tienen que reemplazar. En nuestros germinar, pero estoy seguro que lo lograrán. Confiamos en todos ustedes que sabrán mantener vivos nuestros ideales… Aliméntenlos, cultívenlos y la patria será, lo que nosotros no pudimos hacer… Por eso no debes llorar en esta hora difícil… Yo iré por todos los caminos por donde tu vayas… Iré con mis hijos, con Nachito y la Daniela, inocentes víctimas de este genocidio… Sé que tú siempre sabrás aconsejarlos como si fuera yo mismo… ¿Me entendiste?... ¿Prometes dedicar tu vida a la causa del pueblo?... Cuando veas a los Compañeros diles que deben ser fuertes para vencer esta crisis política… Que deben demostrar ser los mejores en cualquier lugar donde se encuentren. Continuando con la lucha nuestra muerte no será en vano. Por el contrario, en cada lucha que se estaremos presentes y algún día podamos construir o consolidar la Revolución Socialista, no lo olvides.

¡Cómo olvidarlo!, si esos minutos parecieron segundos. No supe cómo había llegado el momento de la despedida. Fue un abrazo fuerte. Prolongado. De amor. De calidez. Sin lágrimas. El último abrazo para una de las personas que más admiraba y amaba: Freddy Marcelo -­‐Mi   Hermano-­‐.

Luego, se hizo un silencio rancio. Un silencioso frio, que calaba los huesos. Un silencio que precedía al escozor. Era el silencio de la muerte. Envueltos en estos silencios; tirando la noche su manto de iniquidad, fue que se escucharon desusados maullidos lacustres; estertores gatunos que despabilábanse en estas serenatas felinas. Micifuz había osado penetrar el territorio ocupado por Cuchito. Cuchito hacía defensa natural de la sobrevivencia al territorio ya dominado. Micifuz y Cuchito arañándose en la simpleza de la nocturnidad para seguir sobreviviendo en tan innobles situaciones. Uno por supuesto que había vencido. ¿Tal vez, Micifuz? ¿Quizás?, había dejado en esos maullidos,  un extempóreo polar; había dejado en ellos, almacenada su derrota… Luego, nuevamente, el vacío del silencio progresivo y exacto.



Pensé: ¿Cómo habríanse entrometido esos alienantes maullidos por los sin sabores de los Compañeros condenados?... ¿Cómo los nuestros?... ¿Acaso con mayor claridad?... ¿Acaso con no tanta claridad?... Estábase marcando, sin embargo, la cuenta regresiva… La  esfumez de la vida podía distinguirse flameando desde lo alto del mástil. Férrea, inhumanitaria… Desquiciante, homérica… Qué pensé nuevamente: ¿Estará, por lo pronto, el pelotón de fusileros allanando la apostrofía?... Esperando fehacientemente arropado; celebrando la virtuosidade del triunfo; deshojando margaritas?... ¿Estarían los hombrecillos, dispuestos en fila… Unos otros o unos al lado del otro? ¡Cómo saberlo!, si estábamos en nuestras celdas engalanados a las estrellas mirando las telarañas del cielo y estas telarañas, entonces, se hicieron celestiales que sin darnos cuenta comenzó a plagiarse una misa de despedida.

Los preparativos comenzaron muy temprano ese día 30 de octubre. El cura Murillo, capellán del ejército, llega premunido de sus habitáculos misales. Viene enhiesto a cumplir su oficio de buen pastor a su descarrilada grey. Viene dispuesto. Su misión: darle la entera extremaunción. Confesarlos. Recibir de los Compañeros las posibles líneas que pudiesen enviar a sus familiares.

Freddy no escribe nada. Se rebela a escribir. Se imaginaba a su amada esposa leyendo  esos sentidos sentimientos por el resto de sus días. Se la imaginaba resurreccionando esas posibles bien hilvanadas líneas. Esas frases de amor concebido y de confesiones: “…Salías un día del templo llorona cuando al pasar yo te vi. Hermoso huipil llevabas llorona que la Virgen te creí…”. Por eso que no escribe nada. Se rebeló a que su gran amor siguiera sufriendo ya más de lo sufrido…

Murillo en el intertanto va entrando a cada una de las celdas. A las cuatro celdas. Las que tienen una cruz de tela emplástica en cada una de sus cuatro puertas.  ¿Para confesarles?... Seguramente… También entran los enfermeros Báez y Parra. ¿Para inyectarles?... Posiblemente… ¿Suministrándoles calmantes? Pudiera ser.

Se respiraba un ambiente de absoluto fenecimiento. Los cientos de detenidos estaban como encallados tras los barrotes. Veíanse los enérgicos, los automáticos, los robotizados movimientos de los militares. Podíamos verlos. Era una contumaria fiera, rápida. El traslado simiesco de estos señores oficiales transportaba la desmontez del jopo: nervioso, errabundo. Dentro de esta abismante fanfarronería veíase la contumacia en los ojos de la contingencia militar. Murillo se ve rodeado de todo ese hábitat mortecino. A mitad de la cárcel, en su patio interno, se detiene como Cristo enrielado a su cotón blanco. Con una estola colgando a ambos lados de los hombros. Imploraba a su Señor Padre por el divino perdón.

Con oraciones llenas de ruego comienza su oficio religioso. Patriotando acerca de los pecados y de los pareceres. De las gulas y de los mercaderes.
-­‐    ¡El bien siempre vence al mal!, decía…



-­‐ ¡Qué mal!, repetía para mis adentros, si el mal venía de Acuña, de Forestier, de Pinochet; de la singularidad de sus premeditadas muertes… Y, recuerdo nuevamente las palabras de Freddy:
-­‐    ¡Es mentira!.
-­‐    ¿Y por qué, entonces?, vuelvo a recordar…
-­‐    ¡Para justificar nuestras muertes!

La misa se hacía lenta, tensa, eterna. Eterna, eterna, eterna. Deseando que se detuviera  en esa eternidad eternizante. Pero aquellos, los conferenciantes de guerras no declaradas, no deseaban ser cómplices de esta eternidad pulcra. Deseaban dar por terminado todo de una ¿bendita? Vez. Sus quepís, sus jinetas, sus bototos de norteamericana confección los denunciaban denostadamente.

Veo que Freddy viste igual. En Ruz, logro distinguir sus lentes, su camisa blanca abotonada al cuello y su vestón oscuro. De Sampson: sus bigotes, su vestón y su pelo enmarañado. Fuenzalida, con un poncho; sereno, reflexivo… Veo vitalidad… Veo seguridad…, y al cura que desgraciadamente está dando por terminada la misa.

-­‐    ¡Vayan en Paz y con el Señor, hijos míos!.

Los cuatro Compañeros se abrazan entre ellos. Envueltos en un abrazo fraterno, solidario, revolucionario… Es un abrazo que encierra toda una etapa de injusticias; de golpes; de electricidades; de sangre derramada; de llagas y de dolores; de hambre, de torturas, de humillaciones. Es un abrazo que está encerrado para siempre y por siempre la importancia. En este abrazo, que se vislumbra lleno de muerte, en el que se refleja la luminosidad de la vida, en suma, en un abrazo Socialista, mierda. Se agregan a este abrazo militante: Quinteros, Vargas, Zúñiga, Poblete, Burgos, Germán Palominos, condenados a otros tipos de penas por ese Consejo de Guerra.

Se despiden hacia donde estamos. Freddy con su puño en alto, saludando: Juan Antonio Ruz, Sampson, Rodolfo Fuenzalida, serenos con pasos seguros. Comprendemos que nunca más los volveremos a ver. Desafiantes, valientes, franquean la puerta de hierro: Socialistas, en su sentir.

Vanse para ser sucumbidos. Sumergiríanse en ese sueño eterno por la libertad. Sin cadenas, sin oprobios. Confrontándose con la ferocidad de la lucha, con su historicidad: Fascismo v/s Socialismo. ¿Amaneceríanse con olor a pólvora los del encierro? ¿Y, a jazmín las mariposas de la primavera?. ¿Las golondrinas usurparían las cobijeras deshabitadas. Ulularían por las quebradas del puerto mortecino. Viajarían por las sintomicidades del paredón maldito: Pisagua, por trigésima vez?... Aun retumban sinfónicos, pletóricos los aleteos del adiós… Aquellas frases de sinceridad forjada:

-­‐    ¡Ojalá que estos desgraciados nos maten sin dolor!... Aún está en   mí, impertérrita su mirada, diciéndome:



-­‐    ¡Te imaginas!... claro que sí.

Te imaginé con tu pecho destrozado. Con una idiota bala aportillándote el corazón, tu cuerpo, tu razón.

Te imaginé -­‐y así lo dijeron ellos, después-­‐, sin venda, enfrentando al pelotón, cantando un himno revolucionario: -­‐La Internacional-­‐, dijeron unos militares… ¡No!. La Marsellesa, consultaron otros militares. -­‐Como no saben de himnos revolucionarios-­‐.

Te imaginé, gritando con esa voz más que ronca, que enorgullecía a mi latir:

-­‐    “¡Traidores, no nos acallarán… Venceremos!”, así fue efectivamente,   porque esto también lo contaron otros militares.

Así te imaginé… Así los imaginé: muriendo muertos en medio de esos rostros jerarquizados, que sonreían un:

-­‐    ¡Están todos muertos, mi comandante!

Los imaginé sentados cuales apóstoles en el trono de la santidad. Volando a través del mar en pos de su rosal edénico.

Los imaginé a mi lado diciéndome:
-­‐    Dame tu mano para que sientas el calor de la Victoria Final…

Epílogo a esos días tristes.

Así los imaginaba, esplendorosos. Con esa aureola de inmortalidad que rodea lo heroico. Inalterables. Comprometidos. Llenos de amor por todos nosotros… ¡Socialistas mierda!. Así los imaginaba a pesar de la inanición reinante; por la necesidad biológica y extrema de hacerlo. Por esa hambruna constelada y estrellada. A pesar de todo eso, así te imaginaba. Así los imaginaba, y me constreñía intransigentemente para insolentar: ¡Están vivos!... ¡No han muerto!. ¡No morirán!... Y, no morirán, por cuanto, -­‐y, como ya se ha visto-­‐ unos chapoteados recuerdos hicieron de éstos, una corta -­‐pero, incompleta-­‐, inalienable -­‐pero, insatisfecha historia-­‐; más, por eso nuevamente pido perdón. Mitigaron toda una negra época, de negros recuerdos. Recordaron esa historia que hoy por hoy muchas quisieran olvidar. Y fue ésta, una historia porfiada y forzada; rebelde, ante la magnanimidad de aquellos muchos que no quisieran recordarla. La historia debe ser recordada, porque es historia marcada, o si no, dejaría de ser historia, así de simple. Una historia por muy dolorosa y caprichosa que ésta haya sido tiene que ser consecuentemente recordada. Recordada sin temores y sin ambigüedades, como fiel testimonio de las vivencias ya personificadas. Recordada como acerados látigos encarnándose en aquellos laberínticos deseos  de  aquellos  que  hoy  por  hoy  no  quisieran  recordar.  Por  eso,  muchas gracias.

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